
Hay personas que trascienden por lo que tienen. Otras, por lo que hacen. Pero muy pocas logran quedarse para siempre en la memoria de un barrio por la manera en que vivieron.
Ramón Roque Martín – quien falleció el jueves 6 de agosto, sus 89 años – fue una de ellas.
Comerciante, empresario, benefactor silencioso y, por sobre todas las cosas, un vecino enamorado de su barrio. Un caserino de alma, de esos que nunca olvidaron de dónde venían y que entendieron que el verdadero éxito consiste en devolverle a la comunidad parte de todo lo recibido.
Ramón había nacido en un hogar humilde, hijo de Dolores y Antonio Martín. Cursó sus primeros estudios en la Escuela Nº 83 (actual Nº 45) y, como él mismo solía decir, terminó de formarse en la «universidad de la vereda y la esquina».
A sus doce años ya recorría Caseros repartiendo leche que llevaba en un triciclo. Aquella imagen del muchacho de flequillo oscuro atravesando las calles de tierra quedó grabada en la memoria de muchos vecinos.
En 1964 comenzó a trabajar en la cochería de Alberto Metetieri y, dos años después, emprendió su propio camino. Con esfuerzo, honestidad y una capacidad de trabajo admirable construyó una empresa familiar junto a su inseparable compañera de vida, Nelly Caserta, con quien se casó en la parroquia Nuestra Señora de La Merced.
Junto a sus hijos, Alberto, Jorge y Ramón, formó una familia unida que siempre respaldó cada uno de sus proyectos, incluso aquellos que parecían imposibles.
Si algo hubo que distinguió a Ramón fue su inmensa generosidad.
Nunca necesitó publicidad para ayudar. No esperaba que alguien golpeara su puerta: era él quien salía al encuentro de quien lo necesitaba. Colaboró con clubes, comedores comunitarios, instituciones y vecinos. Muchas veces esas ayudas nunca trascendieron porque entendía que hacer el bien no requería reconocimiento.
Su amor por Caseros lo llevó también a involucrarse activamente en la Asociación Caseros Centenaria, donde compartía la pasión por rescatar y preservar la historia del pueblo.
Era hincha de River y del querido Jota Jota, otro de sus grandes amores. Y cuando sintió que el club caserino necesitaba un estadio, simplemente se propuso hacerlo realidad. Lo consiguió sin buscar homenajes ni protagonismo. Le bastaba la felicidad de ver concretado un sueño colectivo.
Quizás una de las obras que mejor reflejan quién era Ramón es el monumento al lechero, inaugurado en la esquina de avenida San Martín y Cafferata. Orgulloso de aquel oficio que marcó su juventud, quiso rendir homenaje a todos aquellos hombres que, como él, recorrieron las calles con carros, caballos y tarros de leche, formando parte de la vida cotidiana de un Caseros que ya parece lejano. Aquella mañana de la inauguración fue imposible contener la emoción. Viejos lecheros, hijos y nietos lloraban al verse representados en esa obra. Y Ramón, abrazado a su familia, también lloraba. No estaba inaugurando un monumento: estaba devolviéndole al barrio una parte de su propia historia.
Otro de sus gestos inolvidables fue donar el inmueble de la esquina de Caseros y Esteban Merlo para que la Asociación Caseros Centenaria tuviera una sede permanente. Al recordar ese lugar decía con emoción: «Aquí tenía un ranchito y guardaba mi carro». Esa frase resumía perfectamente quién era: un hombre que nunca olvidó sus raíces.
Quienes lo conocieron saben que detrás del empresario exitoso había un hombre sencillo, sensible y profundamente humano. Su trabajo le permitió conocer muchas historias de vida y comprender que el dinero, por sí solo, carece de sentido si no sirve para mejorar la vida de los demás.
Ramón Martín deja un legado que no se mide en bienes materiales sino en afectos, en obras, en ejemplos y en gratitud. Deja una ciudad mejor que la que encontró porque decidió comprometerse con ella.
Caseros pierde a uno de esos vecinos que parecen imprescindibles, pero al mismo tiempo gana para siempre un lugar privilegiado en su memoria colectiva.
Hay palabras que parecen haber caído en desuso: altruismo, honestidad, dignidad, solidaridad… Ramón Martín les dio sentido durante toda su vida.
NdeR: la presente crónica es adaptación de una nota escrita por Nelly Quintás, publicada en la revista Caseros y su Gente.