
Rolando Hanglin acostumbraba decir que los argentinos hacemos muchas cosas mal, pero que algunas las hacemos muy bien. Entre ellas, destacaba una característica que nos distingue: ser amigueros, cultivar y profesar el culto de la amistad.
En Caseros tenemos una historia que bien podría figurar en el libro Guinness: la llamada “barra” o “peña de los miércoles”, una reunión de amigos que nació en el Club República de Caseros, allá por 1949.
Según contó alguna vez Pedro Malvido Giménez, entrañable historiador de los afectos caserinos, todo comenzó con un grupo de muchachos que concurría al club de Valentín Gómez y San Jorge para jugar a la pelota a paleta.
Después de transpirar cada partido llegaba la cena, y con ella la charla. Se comentaban las alternativas del encuentro, se hablaba de fútbol, de mujeres y, seguramente, también de cómo arreglar el mundo… en esto (era esperable) fracasaron rotundamente.
Pero aquellas reuniones fueron convirtiéndose, miércoles tras miércoles, en cita imprescindible.
En aquellos tiempos, cuando todavía no se hablaba tanto de psicología, aquellos hombres tenían su propio “método terapéutico nacional”: reírse, discutir, contar chistes y chismes, hacer y recibir cargadas y volver a reírse.
Seguramente, si sus esposas o novias les preguntaban al regresar de qué habían hablado, la respuesta no debía ser demasiado precisa. Habían pasado por mil temas, todos mezclados y casi ninguno con una conclusión.
Pero había algo que sí estaba claro: la habían pasado fenómeno y ya esperaban el miércoles siguiente.
Muchos nombres, una misma amistad
Cuando la barra llegó a sus primeros cincuenta años, Pedro Malvido Giménez recordó a algunos de aquellos hombres que fueron parte de su historia:
Paco Laguna, Enzo Cantamessa, Humberto Maneglia, Orlando Draletti, Raúl Vicente, Segundo Intriago, Carlos Pérez, Norberto Soler, Enzo Sapetti, Norberto Domínguez, Eduardo Borel, Abel Piñeiro, Reinaldo Contessi, Leopoldo Ghirlanda, Luis Sánchez, Araldo Maneglia, Andrés Fernández, Oscar Iopolo, Juan Lastoria, Alberto Fenoglio, Hugo Fenoglio, Anselmo Petrucci, Guido Recceri, Julio Coppo, José Pintimalli, Edgardo Salinas, Domingo Olite, Miguel Arturi, Enzo Morhain, Héctor Berro, Juan Carlos Berro, Carlos Brambatti, Oscar Alais, Horacio Luján, Enrique Fedeli, Vicente Barth, Luis Sánchez (h), Gildo Agusti…
La lista, decía Malvido, era interminable.
Y quizás allí esté precisamente la riqueza de esta historia: no se trata solamente de una lista de nombres, sino de generaciones de vecinos unidos por una costumbre tan sencilla como poderosa: encontrarse.
El miércoles como tradición
Con el paso de los años, los integrantes fueron cambiando. Algunos tomaron otros caminos; otros partieron para siempre. También cambiaron los lugares de reunión y las circunstancias de cada época.
Pero algo permaneció.
Aquellos “duendes” que impulsaron la barra en 1949 consiguieron que el espíritu de la amistad sobreviviera al paso del tiempo.
Décadas después, una nueva reunión permitió comprobar que aquella tradición seguía viva. Y, como ocurría con aquellos primeros muchachos, seguramente tampoco importaba demasiado de qué se hablaba ni a qué conclusión se llegaba.
Lo importante era estar juntos.
Porque quizás ésa sea la verdadera explicación de la longevidad de la barra de los miércoles: nadie sabe exactamente de qué se habló, pero todos saben que valió la pena haber estado allí.