Aquella típica puerta de alambre era mucho más que un límite entre la vereda y la casa: era un punto de encuentro. En los barrios de antaño, como los que dieron identidad a Caseros, estas puertas livianas dejaban ver el jardín, el caminito de baldosas y la puerta siempre entreabierta. No hacían falta trabas ni cerrojos complicados; alcanzaba con la confianza.
Allí se apoyaban los vecinos a conversar al caer la tarde. El saludo no era un trámite: era charla larga, noticias compartidas, alguna receta, algún consejo. Mientras tanto, alguien barría la vereda, levantando ese perfume a tierra y hojas secas que todavía vive en la memoria.
Eran casas sencillas, sí, pero profundamente acogedoras. La puerta de alambre dejaba pasar el aire, la risa de los chicos jugando y la sensación de que siempre había lugar para uno más. Mirarla hoy es volver a ese tiempo donde la cercanía valía más que cualquier llave.

