Cuando Hollywood pasó por Caseros… y los protagonistas fueron nuestros vecinos

Hay historias que parecen sacadas de una película. Esta lo es.

Hace 95 años, un viernes 24 de julio de 1931, Caseros vivió una jornada especial.

Aquella noche, las luces del cine Paramount iluminaron el estreno de «El Cáliz del Perdón», la primera película filmada íntegramente en nuestro barrio, con escenarios reales de sus calles y, lo más extraordinario, con vecinos de todos los días convertidos en actores.

Por unas horas, Caseros dejó de ser un tranquilo rincón pueblerino para transformarse en un inmenso estudio cinematográfico.

Las cámaras recorrieron sus calles de tierra, entraron en casas de familia y capturaron un pueblo que todavía estaba escribiendo sus primeras páginas de historia.

Imaginen la emoción de aquellos días. En la misma pantalla donde el público admiraba a grandes estrellas de Hollywood, aparecían la muchacha de la vuelta, el joven que viajaba todas las mañanas en tren o el vecino con quien se compartía una charla en la vereda. Era el barrio viéndose a sí mismo, convertido en protagonista.

El gran impulsor de aquella aventura fue Nicolás Moschetti, vecino de la esquina de Valentín Gómez y Sarmiento. Autor de la obra teatral El Cáliz del Perdón, decidió llevarla al cine y, desafiando todas las dificultades de la época, la filmó en Caseros con la ayuda de sus propios habitantes. Una idea que hoy parece sencilla, pero que en 1931 era casi una locura.

Para concretarla contó con la colaboración de su amigo estadounidense Amos Gary, técnico de Rapid Film, mientras que numerosas escenas se registraron en la casa de la familia Renta, sobre la calle Urquiza entre av. San Martín y 3 de Febrero.

El jardín, el comedor y hasta un dormitorio de aquella vivienda (1) quedaron inmortalizados para siempre en la historia del cine local.

La protagonista fue Dorita Errecalde, jovencita de la calle Belgrano, entre Andrés Ferreyra y Sarmiento, recordada por quienes la conocieron como una muchacha de singular belleza. Junto a ella actuó Francisco Uriarte, acompañado por otros jóvenes del barrio que aceptaron el desafío de ponerse frente a una cámara cuando el cine todavía era un sueño para la mayoría de los argentinos.

Es cierto que la crítica de entonces no fue especialmente generosa. Se cuestionaron algunos aspectos técnicos y las actuaciones recibieron observaciones.

Pero el tiempo suele ser mucho más justo que los críticos.

Hoy nadie recuerda aquellas objeciones. Lo que permanece es el enorme valor de un grupo de vecinos que se animó a hacer algo que nadie había hecho antes. Sin grandes recursos, sin productores famosos y sin estudios cinematográficos, demostraron que la pasión y el entusiasmo podían convertir a un pequeño pueblo en escenario de una verdadera hazaña.

Quizás la película ya no exista. Quizás muchas de las personas que participaron de aquella aventura hayan quedado solamente en el recuerdo de sus familias. Pero cada vez que repasamos esta historia, vuelven a encenderse las luces del viejo Paramount y Caseros recupera, aunque sea por un instante, aquella noche mágica en la que el barrio entero se convirtió en protagonista.

Porque antes de que el cine contara nuestras historias, Caseros ya había aprendido a soñarlas.