
Cuando Caseros todavía estaba en formación, las calles eran, por amplia mayoría, de tierra: había quintas, terrenos baldíos y grandes espacios sin construir. Y en ese paisaje que hoy cuesta imaginar funcionaban hornos y fábricas de ladrillos, una actividad que aprovechaba la propia tierra de la zona.
El ladrillo que después serviría para levantar muchas de las casas del barrio nacía allí mismo, de la tierra que se extraía del suelo.
La fabricación era artesanal y requería gran esfuerzo físico. El proceso comenzaba con la excavación de grandes parcelas para obtener la tierra arcillosa adecuada. Al avanzar las excavaciones quedaban profundas hondonadas o cavas, que con el tiempo tendrían una particular consecuencia sobre el paisaje de Caseros.
La tierra extraída era llevada al pisadero, donde comenzaba la preparación del barro. Se agregaba agua y otros materiales, como paja y, en algunos casos, bosta de caballo, para conseguir una mezcla con la consistencia necesaria. El barro debía ser trabajado y pisado repetidamente hasta lograr una masa uniforme. Era una de las tareas más pesadas. En muchos establecimientos, los caballos caminaban en círculos dentro del pisadero, mientras que los propios trabajadores también podían hundirse descalzos en el barro para amasarlo. La experiencia del ladrillero era fundamental: de la calidad de esa mezcla dependía buena parte del resultado final.
Una vez preparado el barro, llegaba el momento del moldeado. Los trabajadores trasladaban la masa hasta una superficie limpia y allí utilizaban moldes de madera, generalmente dobles o triples. El barro se colocaba dentro, se presionaba para llenar bien los espacios y se alisaba la superficie. Después, con un movimiento rápido, se levantaba el molde y quedaban sobre el suelo los ladrillos crudos, todavía húmedos y frágiles.
Comenzaba entonces el secado al aire libre. Durante varios días, el sol y el viento se encargaban de quitarles la humedad. Los ladrillos eran cambiados de posición para favorecer un secado parejo. Esta etapa era fundamental: si conservaban demasiada humedad al entrar al horno, podían quebrarse o incluso estallar durante la cocción.

Y finalmente llegaba el fuego.
Los ladrillos secos se apilaban formando enormes estructuras conocidas como hornos de campaña. Miles de piezas se acomodaban dejando canales y espacios para que el calor pudiera circular. En la parte inferior se encendía el fuego, alimentado con leña o carbón.
La cocción podía prolongarse durante días y noches, bajo la vigilancia de los trabajadores. El calor, que podía alcanzar temperaturas muy elevadas, transformaba definitivamente el barro en ladrillo. Una vez terminada la quema, había que dejar enfriar lentamente la estructura antes de retirar las piezas.
El resultado no siempre era uniforme. La posición que cada ladrillo ocupaba dentro del horno determinaba en buena medida su aspecto: algunos podían quedar más claros, otros más oscuros o incluso deformarse si recibían demasiado calor.
Pero las ladrillerías dejaron en Caseros algo más que materiales para construir.
También dejaron profundas huellas en el terreno. Los enormes pozos producidos por la extracción de tierra quedaban allí cuando la actividad terminaba. Y muchos vecinos recuerdan que, después de las lluvias, aquellas hondonadas se llenaban de agua y se convertían en lagunas temporarias. Para los chicos de entonces, incluso podían transformarse en lugares de aventura y juego.
Con el crecimiento de Caseros, aquellas excavaciones fueron rellenadas, los terrenos se nivelaron y nuevas viviendas ocuparon espacios que alguna vez habían estado cubiertos de barro, ladrillos y agua.
Hoy, prácticamente no quedan señales de aquellos hornos. Sin embargo, una parte de la historia del barrio quedó escondida debajo de las calles y las casas.
Las fotografías antiguas nos permiten recuperar aquellas escenas y, sobre todo, recordar a los hombres y familias que trabajaron con la tierra y el fuego para construir el Caseros que conocemos.
¿Dónde estaban aquellos hornos? ¿Recordás alguna de aquellas cavas que después de una lluvia se convertían en lagunas? ¿Alguien de tu familia trabajó en una ladrillería?
La memoria vecinal ayuda reconstruir una historia que, aunque hoy lejana, forma parte de las raíces de nuestro barrio.