
Hay reconocimientos que hablan de una persona. Y hay otros que, de alguna manera, también hablan de los lugares donde esa persona creció.
Esta historia tiene algo de eso. Porque detrás del escritor, músico, compositor, conductor de radio y televisión, detrás de esa voz que durante décadas acompaña las noches de varias generaciones, hay también un muchacho que supo vivir al lado de la iglesia Nuestra Señora de La Merced que fue alumno de la Escuela 8 (Urquiza y Lisandro de la Torre) que paraba junto a sus amigos en la esquina de Cavassa y Moreno.
Ese es Alejandro “El Negro” Dolina.
Y ahora, muchos años después de aquellos días de barrio, la Universidad de Buenos Aires acaba de otorgarle el Doctorado Honoris Causa, máxima distinción honorífica de esa casa de estudios.
La ceremonia reunió a más de 700 personas en el Auditorio de la Facultad de Ciencias Sociales. Hubo autoridades universitarias, docentes, estudiantes, familiares, amigos y admiradores. Dolina recibió el diploma y la medalla y, fiel a su estilo, convirtió el momento solemne en una oportunidad para hablar de aquello que atraviesa toda su obra: el paso del tiempo, la condición humana, el conocimiento, la melancolía, el amor, la literatura y la necesidad de encontrarnos con los demás.
Un reconocimiento a una vida de palabras
La UBA destacó una trayectoria difícil de encerrar en una sola disciplina. Literatura, música, composición, radio, televisión, actuación y pensamiento se fueron mezclando en la obra de Dolina hasta formar un universo propio.
A lo largo ya de 40 años, La venganza será terrible convierte las madrugadas en un territorio diferente. Allí conviven el humor, la filosofía, la música, la mitología, las historias de amor y las pequeñas miserias de la vida cotidiana.
Pero quizás haya algo más profundo detrás de esa permanencia.
Dolina consiguió que mucha gente piense mientras se ríe. O que se ríe mientras piensa.
Su humor nunca es solamente un recurso para provocar una carcajada. Muchas veces está acompañado por una cierta tristeza, por esa melancolía que aparece cuando uno mira la vida sabiendo que las cosas queridas son, inevitablemente, pasajeras.
Por eso, al recibir la distinción, dijo una frase que parece salida de cualquiera de aquellas largas noches de radio:
“Las alegrías después de cierta edad vienen acompañadas por una deliciosa melancolía y por una noble tristeza”.
No habla solamente de la edad. Habla de comprender mejor la naturaleza humana.
El orgullo de un barrio
Para quienes vivimos o vivimos cerca de Caseros, hay algo particular en esta historia.
Porque antes de ser “Dolina”, antes de convertirse en ese personaje tan reconocible de la cultura argentina, hubo un muchacho que transitó calles que conocemos, que fue a una escuela del barrio y que pasó buena parte de su juventud entre vecinos, casas, veredas y esa vida cotidiana que tantas veces termina alimentando la imaginación de quienes escriben.
Caseros también forma parte, entonces, de esa historia.
Y tal vez sea lindo imaginar que detrás de muchas de aquellas palabras que después escuchamos por radio, detrás de determinadas observaciones sobre la vida, el amor, la amistad o las contradicciones humanas, también estaba la mirada de aquel joven que creció entre nosotros.
Los barrios dejan marcas. A veces son visibles. Otras veces aparecen muchos años después, escondidas en una frase, en un recuerdo, en una manera de mirar el mundo.
“El Negro”, “Dolina” y algo más
Durante el homenaje, la directora de la carrera de Comunicación, Larisa Kevjal, señaló que Dolina dejó de ser solamente el nombre de una persona para convertirse en una categoría cultural.
“A lo Dolina”. “Dolinesco”. “Doliniano”.
No es poco.
También recordó que uno de sus personajes, el Ángel Gris, terminó dando nombre a una plaza del barrio porteño de Flores. La ficción ha conseguido cruzar la frontera de los libros y entrar en la realidad.
Ese quizá sea uno de los grandes triunfos del vecino de la calle La Merced: que sus personajes comiencen a caminar por el mundo como si siempre hubieran existido.
Pero hay otro triunfo, más silencioso y quizás más difícil de medir: conseguir que su voz acompañe a tantísimas personas durante décadas.
Eso hace Dolina.
Una defensa de la universidad pública
El homenaje también tuvo un significado especial por las palabras que el propio escritor dedicó a la universidad pública.
Con su habitual ironía, confesó sentirse “un poco farsante” o “un poco impostor” frente a una distinción académica, porque no provenía estrictamente del mundo universitario.
Pero enseguida reivindicó la universidad como un lugar donde no solamente se aprende, sino donde se produce algo todavía más importante: el encuentro.
Dijo que allí se recibe y también se da conocimiento, y habló de esos momentos de comunión que pueden producirse entre las personas en una vida que, muchas veces, es demasiado solitaria.
Recordó incluso sus años de estudiante y destacó el valor de los compañeros, esos que muchas veces ayudan a buscar el conocimiento y el sentido tanto como los propios profesores.
Y dejó una definición que resume buena parte de su pensamiento: si queremos aprender verdaderamente, estudiar, intercambiar ideas y reflexionar sobre la realidad, es mejor ir a la universidad que quedarse en “el boliche de la esquina”.
De Caseros al país
Hay algo hermoso en mirar esta historia desde nuestro lugar.
Un chico que vivió en Caseros hasta sus 25 años, que fue alumno de “El Rancho”, terminó convirtiéndose en una de las voces culturales más reconocibles de la Argentina.
No sabemos cuánto de aquel Caseros quedó en él. Quizás mucho. Quizás poco. Tal vez simplemente quedó esa memoria de los primeros años, que acompaña a cada persona aunque después la vida la lleve muy lejos.
Lo cierto es que hoy, cuando la Universidad de Buenos Aires reconoce a Alejandro Dolina por una trayectoria que atravesó la literatura, la música, la radio y el pensamiento, también podemos mirar hacia atrás y recordar que alguna vez fue un chico del barrio.
Y eso, para nosotros, tiene un valor especial.
Porque los barrios están llenos de historias que no sabemos cómo terminan.
Un chico que va a la escuela. Una vereda recorrida todos los días. Una conversación entre amigos. Un joven que empieza a escribir, a leer, a escuchar música, a hacerse preguntas.
Nadie sabe, en ese momento, hasta dónde pueden llegar esas historias.
Aquel muchacho de Caseros llegó muy lejos.
Y ahora, con el título de Doctor Honoris Causa de la UBA, recibe uno de esos reconocimientos que permiten mirar toda una vida hacia atrás.
Quizás entonces podamos decirlo con orgullo, sin exageraciones y con esa calidez que producen las historias cercanas:
Alejandro Dolina fue, también, un muchacho de Caseros.
Y esto forma parte de nuestra memoria.