Alejandro Dolina: “En la esquina de Cavassa y Moreno, nos dedicábamos a molestar al universo”

Recuerdos de infancia de un vecino que convirtió a Caseros en parte de su historia

Para Alejandro Dolina , Caseros fue mucho más que el sitio donde nació y vivió durante sus primeros años. Fue el escenario de sus aventuras de infancia, de sus amigos, de los partidos de fútbol en la calle, de las exploraciones por las zanjas y de aquellas interminables reuniones en una esquina donde, según él mismo recuerda, se juntaban simplemente para “molestar al universo”.

En febrero de 1995, la revista La Maga entrevistó a Dolina y le preguntó por aquel barrio de su infancia. El recuerdo apareció con una precisión sorprendente: calles, esquinas, comercios, personajes y lugares que forman parte de la memoria de varias generaciones de vecinos.

EL CASEROS DE DOLINA

Para Dolina, los límites de su barrio no eran solamente geográficos. Eran, como él mismo los definió, “límites espirituales”.

Su Caseros estaba comprendido entre avenida San Martín, Villarino (actual Lisandro de la Torre), la vía del ferrocarril y Mitre.

Ese fue su territorio desde que nació hasta aproximadamente los 25 años.

Más allá de Lisandro de la Torre, las calles eran de tierra y aparecían las zanjas. Allí comenzaban las aventuras de aquellos chicos que se alejaban un poco más de su barrio.

Dolina recuerda que algunos muchachos decían que allí cazaban ranas. Él nunca vio pescar ninguna, pero sí recuerda las exploraciones de los renacuajos y aquellas zanjas que, para ellos, podían convertirse en un verdadero territorio de descubrimiento.

“Examinábamos, como si fuéramos Darwin en pantuflas, los renacuajos como especies de Jacques Cousteau avant la lettre”.

Pero había un lugar que despertaba todavía más curiosidad: los talleres Alianza del ferrocarril.

Era un enorme territorio que se extendía desde Caseros hasta Sáenz Peña, donde los chicos se las ingeniaban para entrar pese a que estaba prohibido.

Recorrían la playa de maniobras, caminaban sobre los vagones de carga y hasta se llevaban bulones y carbón de piedra utilizado por las locomotoras.

Claro que aquellas incursiones no estaban exentas de peligro. Había otros muchachos que vivían más cerca de los talleres y que defendían lo que consideraban su territorio.

Pero, pese a todas aquellas aventuras, Dolina recuerda que la actividad principal era mucho más sencilla: jugar a la pelota .

También estaban los partidos contra otros grupos de chicos, como “los del Rata”, que vivían pasando Villarino, o los muchachos que estaban cerca del Club 9 de Julio, del otro lado de Mitre.

LA ESQUINA DE MORENO Y CAVASSA

La barra de Dolina no era demasiado numerosa. Entre diez y doce integrantes formaban el grupo más habitual, aunque en determinadas ocasiones se sumaban otros.

El corazón de aquella barra estaba en una esquina que para Dolina quedó grabada para siempre: Moreno y Cavassa.

Allí se reunían ocho o diez muchachos. Otros se incorporaban cuando había un “asalto” – como llamaban a los bailes en la terraza o el patio de alguna casa – o alguna reunión especial.

La rutina era sencilla y, justamente por eso, inolvidable.

Se sentaban en la esquina, sobre los pilares de un chalet que parecía hecho a medida para convertirse en lugar de encuentro.

Muchos años después, Dolina contó que el chalet todavía estaba allí, aunque su propietario había colocado rejas, probablemente cansado de que la gente siguiera utilizando aquellos pilares como asiento.

“Esa esquina era como solían ser algunos cafés de Buenos Aires: uno iba allí sabiendo que más temprano o más tarde alguien iba a llegar para conversar”.

Tenían apenas doce o trece años.

No eran ya completamente niños, pero tampoco muchachos.

Era ese momento de la vida en que una esquina podía ser el centro del mundo.

“NOS DEDICÁBAMOS A MOLESTAR AL UNIVERSO”

¿Y qué hacían cuando se juntaban?

Dolina lo resumió con una frase que bien podría convertirse en el título de aquellos años:

“En principio no hacíamos nada, sólo se trataba de estar ahí y molestar al universo”.

Las conversaciones, las bromas y las pequeñas provocaciones formaban parte de aquella vida de esquina.

Pero Dolina también recuerda que aquel grupo tenía reglas muy particulares.

El prestigio no se conseguía por tener dinero ni por pertenecer a una familia reconocida. Más bien al contrario.

Había que ganarse un lugar.

Primero, jugando bien al fútbol.

Después, sabiendo defenderse.

Y también demostrando inteligencia, rapidez mental y capacidad para el humor.

Había que demostrar que uno no era “un estúpido, ni un flojo, ni un delator”.

Sin embargo, detrás de aquella dureza propia de las barras adolescentes, Dolina descubrió con el paso de los años algo mucho más importante: los afectos.

Algunos de aquellos amigos continuaron formando parte de su vida. Otros desaparecieron con el tiempo.

Y quizás, dice Dolina, los que terminó queriendo más no fueron necesariamente los mejores jugadores de fútbol, los más audaces o los más rápidos.

Fueron, simplemente, aquellos con quienes había compartido una parte irrepetible de la vida.

MÁS DOLINA EN CASEROS

Las historias de Dolina sobre nuestro barrio no quedaron solamente en aquella entrevista de La Maga.

Caseros y su Gente tuvo la oportunidad de entrevistarlo y recoger otros recuerdos de su infancia.

Y allí aparecen todavía más nombres y lugares que seguramente despertarán recuerdos entre nuestros lectores.

EL ZONDA Y LOS MISTERIOS DEL BARRIO

Dolina recuerda las fantasías que, de chicos, construían alrededor de determinados lugares de Caseros.

Uno de ellos era El Zonda, un sitio donde se bailaba el tango y que, para aquellos chicos, adquiría dimensiones casi legendarias.

Como eran demasiado jóvenes para conocer realmente lo que ocurría allí, imaginaban que detrás de sus puertas sucedían historias extraordinarias.

“Para nosotros la puerta del Zonda era como la puerta del infierno”.

También estaban las cortadas oscuras, que alimentaban historias y fantasías sobre amores y aventuras.

Como ocurre tantas veces en los barrios, la imaginación terminaba construyendo una realidad propia.

LOS PERSONAJES QUE QUEDARON EN LA MEMORIA

Cuando Caseros y su Gente le preguntó por los personajes típicos de su niñez, Dolina comenzó a desgranar nombres que hoy forman parte de la memoria de aquellos años:

Moscatito, el corredor Aguaviva, Tito Ramos, el boxeador Horacio Salvarezza, el portugués don Tomé, la orquesta de Dino Tuchi y Piojini, a quien definió como el “croto oficial de Caseros”.

Y agregó una comparación que seguramente muchos recuerdan:

“Piojini era a Caseros lo que Narducho a Santos Lugares”.

LOS COMERCIOS DONDE DOLINA HACÍA LOS MANDADOS

Quizás uno de los aspectos más entrañables de aquellos recuerdos sea el recorrido por los comercios de barrio.

Para la verdura, Dolina iba a la verdulería de Carlitos “Banana” Marochi, en Cavassa y Urquiza.

El pan lo compraba en la panadería “La National”, ubicada en Moreno y 3 de Febrero.

Más adelante, cuando vivía junto a la iglesia La Merced, también frecuentaba la panadería “Nobel”, que estaba en San Martín y Mitre y que posteriormente se trasladó media cuadra, sobre Mitre.

También recuerda un despacho de pan ubicado en Belgrano, entre Cavassa y David Magdalena.

Para las compras del almacén estaban Raúl, en Belgrano y Magdalena, y “El Cañón”, en Magdalena y La Merced, que además tenía un despacho de bebidas.

Y había más lugares.

En Mitre, entre Magdalena y San Martín, estaba la despensa “9 de Julio”.

Y también la fiambrería “Carlitos”, de don Jesús Hernando.

Esta última tiene un significado especial para Dolina porque, muchos años después, fue atendida por su hijo Luis Hernando, gran amigo suyo.

UN CASEROS QUE TODAVÍA VIVE EN LA MEMORIA

Calles de tierra, zanjas, partidos de fútbol, talleres ferroviarios, almacenes, panaderías, fiambrerías, personajes singulares y una esquina donde un grupo de chicos se reunía simplemente para conversar.

Ese es el Caseros que Alejandro Dolina llevó consigo a lo largo de los años.

Un barrio que cambió, como cambiaron sus calles y sus lugares de encuentro, pero que permanece intacto en la memoria de quienes lo vivieron.

Y quizás por eso sus recuerdos tienen tanto valor para nosotros.

Porque cuando Dolina habla de Moreno y Cavassa, de San Martín y Mitre, de El Zonda, de los talleres Alianza, de La National, Nobel, El Cañón o la fiambrería de don Jesús Hernando, no está solamente contando su propia infancia.

Está devolviéndonos una parte de aquel Caseros que muchos todavía llevan en el corazón.