
Hay recuerdos que el paso de los años no consigue borrar. Y algunas veces, esos recuerdos aparecen guardados en una vieja fotografía o en una carta que alguien conservó durante décadas.
Mario Borgogno, vecino de la calle Bonifacini, tiene 67 años y quiso compartir con nosotros una de esas pequeñas historias familiares que también forman parte de la historia del barrio.
Se trata de una carta que su abuelo materno, don Carmen Ledesma, le escribió a su futuro yerno, Enrique Borgogno, para darle su conformidad para que continuara el noviazgo con su hija.
Hoy puede resultar extraño, pero en aquellos tiempos era una costumbre que los padres intervinieran de esa manera en las relaciones de sus hijos. Y por eso, encontrar una carta de estas características tantos años después tiene un valor especial.

La historia familiar de Mario también está muy ligada a nuestro barrio.
Su mamá había nacido en San Luis y llegó a Buenos Aires cuando tenía 17 años. Su papá, Enrique, había nacido en Bonifacini 4555, la misma casa en la que se realizó la fiesta de casamiento de la pareja.
Esa casa había sido construida por el propio nono de Mario, que era albañil, después de que sus abuelos llegaran de Italia en 1920.
Y hay algo más que vuelve todavía más especial este recuerdo: la fotografía de aquellos novios junto a familiares y amigos del barrio.
Una de esas fotos en las que uno puede quedarse varios minutos mirando cada rostro. Porque detrás de esas caras jóvenes quizás aparezca alguien conocido: un padre, una madre, un abuelo, un tío, un vecino o aquel amigo del barrio del que todavía alguien guarda un recuerdo.
Los padres de Mario finalmente se casaron en la Iglesia de La Merced. Y aquella historia de noviazgo, que alguna vez necesitó de una carta para recibir la aprobación familiar, quedó para siempre unida a una fotografía, una casa de Bonifacini y a la memoria de varias generaciones.
Hoy Mario vuelve a abrir ese recuerdo y nos permite asomarnos, aunque sea por un instante, a una época en la que las historias de amor también se escribían en papel y en la que una fotografía familiar podía reunir a buena parte del barrio.