FUTBOL, BASQUET, BOCHAS, BILLAR, PATINAJE, TEATRO, BOX… FUERON ALGUNAS DE LAS ACTIVIDADES ORGANIZADAS POR LA ENTIDAD DE MORENO Y SAN JORGE. MEMORABLES NOCHES DE TANGO Y FIESTAS DE DISFRACES.

Amalia Taurián – hija de quien fuera uno de los primeros presidentes del club: don Alberto – recordaba sus tiempos de jovencita en los bailes organizados por el Unión de Caseros.

‘En las horas previas a cada milonga, nos peinábamos y vestíamos con todo… desde temprano, nos poníamos en remojo. Al baile, íbamos acompañadas por nuestras madres que se sentaban alrededor de la pista y nosotras nos parábamos al lado. Los muchachos nos ‘cabeceaban’ y, a veces, se producían confusiones porque una creía que la habían invitado a bailar pero resultaba que era a la que estaba más allá… Para que siguiéramos bailando con el muchacho tenía que bailar bien… o nos tenía que gustar. Al principio de la relación, nos tratábamos de usted’, describió Amalia quien evocó, también, los corsos sobre la calle 3 de Febrero: ‘Primero, íbamos al corso y después a bailar al Unión… ¡qué linda época!.. recuerdo cuando vinieron Héctor Varela, con Lavié y Lezica; Pugliese; Panchito Cao; Di Sarli con Julio Sosa; Alberto Castillo… los bailes de carnaval eran fantásticos… el club estaba lleno de vecinos disfrazados de cosacos, indios, cowboys, dandys, escoceses…’.

Coincidía Agustín Pichón Pradelli con la descripción de los bailes de mascaritas. Coincidía y agregaba: ‘Especialmente los bailes infantiles eran fantásticos. Las madres se la pasaban pegando lentejuelas, preparando el disfraz durante todo el año’

El hombre de la calle Constitución – ex vendedor de galletitas – fue, durante décadas, integrante de la comisión directiva del club.
‘Antes de atender el local de venta de galletitas, fui empleado de Editorial Atlántida y, a partir de las cinco, ya me iba para al club. Prácticamente, vivía en el Unión. Casi todas las noches había un asadito y los domingos, a eso de las once de la mañana, nos tomábamos un ‘vermucito’ con maníes y aceitunas. Los sábados, las chicas venían temprano a comprar entradas y a reservar las mesas. Los muchachos se empilchaban con camisas de poplín dos por dos, zapatos bien lustrados y el cabello bien engominado’, detalló Pradelli.

EL CUYANITO

Luis Penella también rememoró con afecto los bailes en el Unión y cuando se le preguntó quién era el mejor bailarín, respondió rápido, sin ponerse colorado: ‘Yo’. Por otro lado, Luis recordó que, frente al Unión, sobre la calle Moreno, abría sus puertas una legendaria fonda: El Cuyanito, especializada en servir bifes con huevos y papas fritas.

El Cuyanito – que supo ser regenteado por el Chino Naranjo, los Carrera y los Galloso – oficiaba como una suerte de filial del club donde paraban tanto los socios como los artistas que actuaban en las milongas. También era la sede casi obligada para organizar las despedidas de soltero.
‘A mí me la festejaron allí… los atorrantes me sacaron toda la ropa y me tuve que venir corriendo desnudo hasta mi casa’, apuntó nuestro vecino.

LA LIBRETA DE ENROLAMIENTO

Cuando pibe, Penella soportó la interminable espera hasta que le llegó el afortunado día en que recibió la libreta de enrolamiento.
‘Sucedía que los muchachos grandes, cuando llegaban las ocho de la noche, nos rajaban del club a los más pibes. Y nosotros, ‘ni chito’, nos íbamos, con bronca, pero sin decir nada. Igual que si nos veían con un cigarrillo en la boca… eran capaces de darnos un castañazo‘, relató el hombre quien residía en la calle Moreno, su casa de siempre, ubicada a una cuadra de donde estaba situada la sede del club.

Convenía Enrique Tuchi Werenicz con su amigo Pennella: «Los pibes esperábamos ansiosos la libreta de enrolamiento para poder quedarnos un rato más. Es que la vida de club era fantástica y uno quería quedarse a charlar o a jugar a las cartas, billar… venían a dar exhibición Ezequiel y Enrique Navarra, quienes solían rifar un taco».

El afecto de Tuchi Werenicz por el club fue un disparador de recuerdos: ‘En las bochas, se destacaba Donato Muttri; en básquet, Primitivo; en básquet femenino, las señoras Medrano y Ángela de Vexina, quienes llegaron a integrar el seleccionado argentino; en patinaje, hubo grandes deportistas dirigidos por el profesor Fonseca. También había teatro… actuaron Fernando Ochoa y los locales Lorenzo Tedesco, Lito Grisolía, Gaitano Pennella, Barufaldi, Luis Sarubbi, Tessone… Del Unión salieron dos grandes bandoneonistas: Pedro Nieves, que integró la típica de Nicolás Lanzoni y Sabino López, quien tocó nada menos que con Juan Sánchez Gorio y con José Pepe Basso. También, del club, salieron Héctor Berardi, quien cantó con la orquesta de Juan Cambareri y Ricardo Medina, que fue cantor de Pugliese’, afirmó Werenicz.

ROBA HORA CONYUGALES

El hombre de Esteban Merlo y Caseros sostuvo, además, que eran tantas las actividades organizadas por la entidad que las reuniones de comisión directiva se alargaban ‘hasta las tres de la madrugada’, declaración que, por fin, tranquilizó los ánimos desconfiados de tantas señoras atribuladas por las sucesivas trasnochadas de sus maridos, dirigentes del club.

Para las amas de casa, el Unión debió haber sido un formidable roba horas conyugales. Cuántos esposos habrán dejado de podar el cerco para estar un rato más en el club. La hora de la cena se poblaba de chicos que se acercaban hasta la puerta de la institución para avisar: ‘Pá… dice má que la comida ya está lista… que vengas de una vez’.

Sin dudas, el club era adictivo. Los concurrentes jugaban a las cartas, al billar, al sapo o tomaban café o una copita intentando arreglar el mundo. Aunque la mayoría de nuestros entrevistados coincidió en que, sobre todo, se discutía sobre futbol: ‘Los domingos se esperaba a quienes habían ido a la cancha o sino se iba hasta la estación a buscar la sexta que traía el tren’, apuntó Werenicz.
De política, dijeron, se hablaba poco, aunque, sin duda, los años peronistas habrán generado seguidores y detractores.

En el Unión, también se practicó boxeo sobre un modesto cuadrilátero ubicado en la esquina de Moreno y San Jorge. Horacio Torito Salvarezza y Luis Nayen fueron los créditos locales. Cerca del ring, estaba instalado un sector de juegos infantiles creado a partir de un subsidio provincial.

Cada 1º de mayo, fecha en que la entidad cumplía su aniversario, el club se vestía de fiesta. Por la mañana, se organizaba un partido de solteros contra casados que anticipaba el tradicional asado del mediodía. Las parrillas, desbordantes, ocupaban hasta las canchas de bochas. Las damajuanas se agotaban y más de uno se acaloraba repentinamente. Los chicos ni obedecían ni se quedaban quietos. Las madres intercambiaban recetas de cocina y los novios se tomaban de la mano. Qué más se podía pedir.

El Unión comenzó su caída avanzados los años 60, casi con el tango. El club nunca pudo tener sede propia; aunque en cierta oportunidad, estuvo cerca la posibilidad de adquirir el predio donde se levantaba el impactante chalet del doctor Apollonio, donde en la actualidad está ubicado el Edificio Torre. Lamentablemente, la operación se frustró.

De a poco, las fulgurantes luces del Unión se fueron apagando y las otrora múltiples actividades de la institución se remitían apenas a un grupo de asociados que concurría cada tarde a jugar a las cartas.

En 1969, la sede del entrañable Unión de Caseros se trasladó a la calle Fernandes D’Oliveira, entre Esteban Merlo y Cafferata. En esta propiedad, que fue remodelada, la institución sobrevivió un tiempo organizando distintas actividades.
Del esplendor de antaño, quedaron huellas en viejos trofeos, fotos antiguas, banderines deslucidos, placas conmemorativas… Pero, sobre todo, en el entrañable recuerdo de quienes vivieron aquella gloria estrechamente ligada con momentos tan felices de sus vidas.