En 1997, entrevistamos a don Alberto para la revista Caseros y su Gente. Vecino de la calle Lisandro Medina, fue un hombre que dedicó mucho de su tiempo libre a las instituciones señeras de nuestro barrio; en especial, a la Asociación Fomento de Caseros y la Biblioteca Mitre (sería justo que, de alguna manera, estas entidades lo tuvieran presente mediante algún homenaje). A continuación, transcribimos el reportaje mencionado al principio.

  “En 1968, yo estaba estresado, angustiado, deprimido. Lloraba en soledad… un día, pasé por la biblioteca Mitre cuando estaba ubicada en avenida San Martín, entre Belgrano y Urquiza, y entré a la Asamblea que se estaba realizando: recuerdo que la entidad estaba en un mal momento y algunos pensaban entregarla al municipio. Desde ese momento pasé a ocuparme de la Mitre y me cambió la vida porque se convirtió en mi gran pasión…” señala A. Alberto Arrabaca cuyo primer nombre es, a su disgusto, el Armando que prefiere suplantar por el ‘A.’
“Por eso, algunos me cargan y me llaman ‘A punto’.

EL VUELCO DE SU VIDA

En aquel año 68, además de su labor en la biblioteca, le ayudó a recuperarse un serio replanteo personal. “Una noche, en casa, agarré un papel al que le tracé una raya al medio… de un lado puse “amigos”; del otro, “amigas”… me di cuenta de que no tenía a quién poner en esas columnas: entonces, decidí cambiar, empecé a visitar compañeros de la infancia, de la adolescencia, del colegio; empecé a sonreír, a reír, a ver las cosas de la vida de otra manera… a la empresa donde trabajaba iba con otro ánimo, compraba flores en primavera; me convertí en otro tipo”.

Don A. Alberto es bajo, calvo y de bigotes pícaros. Concurrió a la escuela ’83 (actual 45) cuando estaba ubicada en “la cortada Silva (Valentín Gómez) y General Paz (David Magdalena)… era una casa con cuatro piezas, la cerca era de ligustro; el primer libro que tuve fue ‘Tesoro mío’ y mi mamá me lo pasó por debajo de la puerta de alambre. Yo había ingresado directamente a primero superior porque ya sabía leer y escribir: mi papá, que era carpintero de Alianza, me había enseñado leyendo ‘La Prensa’…”.

Con el tiempo, la escuela se trasladó a su actual ubicación (Urquiza y Av. San Martín) donde A. continuó hasta cuarto grado. Fue un pibe de jugar mucho a la pelota tanto en “Vías y Obras” como en “el campito de la empresa”. Esforzado mediocampista – más luchador que habilidoso – repartió gambetas y estroladas en el equipo “Caseros Norte” y en “uno que había formado Ferre, el peluquero de Alberdi y Perdiguero”.

Hincha de Boca, supo vender un par de botines “para pagarme el viaje hasta la cancha de Newells… mi mamá me hizo un sanguche así de grande y me fui… salimos cuatro a cuatro y Severino Varela se comió el quinto, faltando un minuto”.

Fue espectador del mejor gol de Erico: “Tiró un centro Zorrilla, el paraguayo desde fuera del área se lanzó en palomita y la colocó en el rincón… Estrada alcanzó a tocarla pero la pelota le dobló las manos; fue un golazo, pero igual ganamos cinco a dos”.

EL COLIMBA GALÁN

Era conscripto y estaba de uniforme cuando una tarde conoció en un parque de diversiones “cerca de Beiró y Lope de Vega” a una piba de Villa del Parque a la que citó con ánimo ganador para el sábado siguiente. El día convenido, tras un plantón de dos horas, con la autoestima por el sótano y ya en plena retirada, de pura casualidad encontró a la muchacha… y ahora sí; ahora, sí, eh… “Estuvimos cuatro años de novios. Nos casamos en Santa Rita y nos fuimos a vivir en el fondo de la casa de mis viejos: De Tata, entre San Martín y Rauch… Olga Cilenti y A. tuvieron dos hijos: Jorge Alberto y Raúl Osvaldo.

Algunos de sus recuerdos:

• “La avenida San Martín tenía un boulevard, desde Bonifacini hasta la barrera (actual túnel). Desde Bonifacini hasta Mitre estaba adoquinado, donde actualmente hay una estación de servicio (Mitre y San Martín), sobre la tierra, estaba emplazado un monumento a San Martín que tiro abajo un camión”.

  • • “Doña Nélida, la hija del almacenero Pablo Ferrario, era todo un personaje: muy macanuda y muy trabajadora. Cuando estaba en el almacén (Rauch, entre De Tata y Fischetti), y tenía que bajar alguna mercadería, me decía: ‘Ñatito, teneme la escalera…’y cuando yo la estaba sosteniendo, me decía delante de todos: ‘y no mires para arriba, eh’… yo me ponía colorado y no despegaba la vista del suelo”.

Su vida laboral tránsito por numerosos caminos: trabajó en diversas componías, como administrativo y vendedor. Disciplinado, recto, fue recompensado con distintos cargos hasta que en el ’71, decidió independizarse. Reconoce que su pasaje por varias empresas estuvo influenciado tanto por sus ganas de superación como por su carácter algo polvorita.
“Sí, soy medio chinchudo, la verdad que no me gusta el gris: soy blanco o negro”.

Además de la biblioteca Mitre, su vocación comunitaria se destaca en su trabajo a favor de la Sociedad de Fomento Caseros e, incluso, en el “Jota Jota donde, con otros vecinos, realizamos las gestiones para conseguir las tierras donde hoy se levanta el estadio”.

A aquel mediocampista del “Caseros Norte” le agrada vivir en este barrio y “sólo me mudaría a Londrina, una ciudad de Brasil que me gusta mucho”. Es el actual presidente de la biblioteca Mitre y afirma que el progreso de la casa de libros se debe “en gran medida a que, desde 1968, el cargo de presidente no es reelegible; únicamente se renueva dejando transcurrir un lapso… creo que la persona que quiere trabajar en bien de la comunidad, puede hacerlo en cualquier puesto”.

Por otro lado, afirma que su patriota más admirado es Mariano Moreno, que su palabra preferida es ya y que también admira a la “mujer en todo sentido, considero que la mujer es factor importante en las comisiones de las entidades; con ellas, las instituciones siempre progresan más, por ejemplo, cuando integré la Asociación de Fomento de Caseros propuse que ingresaran mujeres y los resultados están a la vista”. En el momento de enumerar sus virtudes, el hombre se describe inquieto, puntual y de palabra. En el momento de calificar sus falencias, el hombre mueve los bigotes.

 A. Alberto Arrabaca falleció hace diez años, el 10 de agosto de 2013, a sus 87 años. Vivía en la calle Lisandro Medina, entre De Tata y Fischetti. En la puerta de su casa, todavía hay una placa, que él mismo, hace décadas, colocó, donde se lee: “Cultivo una rosa blanca / en junio como enero/ para el amigo sincero / que me da su mano franca.
Y para el cruel que me arranca / el corazón con que vivo, / cardo ni ortiga cultivo; cultivo la rosa blanca. (José Marti)”.