Berta Cardoso: «Se extraña el calor humano que tenemos los argentinos»
By Caseros y su Gente

Berta Cardoso: «Se extraña el calor humano que tenemos los argentinos»

CASERINOS EN EL EXTERIOR (Entrevista realizada en febrero de 2016 y publicada en la revista Caseros y su Gente)

Berta Cardoso nació en una casona de la calle De Tata, entre Rauch y avenida San Martín. En un principio, la propiedad tuvo como dueño a Francisco Fischetti, quien fue tesorero del Ferrocarril Pacífico cuando esta empresa era manejada por los ingleses; además, fue uno de los fundadores del Banco Cooperativo de Caseros. Con el tiempo, la vivienda de la calle De Tata fue hogar de los esposos Élida Fischetti y Alejo Honorio Cardoso, padres de Berta y también de Gabriela, Hebe y Alejandra. Cuatro hermanas. Hoy, el lugar es, y ya desde hace más de medio siglo, sede del conocido Instituto Cardoso.

Berta- quien fue maestra y directiva del colegio – reside desde hace más de una década en Bruselas, previo paso por París donde vivió a lo largo de dos años. Cuando subió al avión que la alejó de nuestro país, lo hizo acompañando a su esposo, Luis Fernández, quien había sido contratado para trabajar en Francia, y a sus dos hijas, Sofía y Florencia. Y un par de maletas preparadas para una estadía en París no mayor a tres años, sin embargo…

«Vivíamos en París y mi marido, que es tecnólogo especializado en alimentos, fue contratado para trabajar en Bruselas», pormenoriza Berta, en una charla que mantenemos en este barrio que la vio nacer y donde se encuentra de visita por unas semanas.
– ¿Cómo fueron tus primeros tiempos en Europa?.
– Tanto en Francia como en Bélgica, al principio, recorrimos bastante para conocer las costumbres, asimilarnos más rápido y no quedar aislados. Por supuesto, aprendí la lengua…
– ¿Qué idioma se habla en Bélgica?.
– Tienen tres lenguas: flamenca, gualona y, en menor medida, alemán. Bélgica tiene una división entre flamencos y gualones parecida a la disputa Madrid / Barcelona… los flamencos quieren separarse. Los gualones hablan francés y los flamencos en neerdlandes, una especie de dialecto holandés. Para poder trabajar, la persona tiene que conocer las dos lenguas; incluso, las calles tienen doble nomenclatura.
– ¿Como enfrentaste esta cuestión?.
– Como maestra jardinera que soy, utilizaba el soporte de lo gestual… o escribía o dibujaba en papel las palabras que necesitaba para darme a entender. Ellos se reían de mi método y decían: «ahí viene la argentina».

Berta describe que Bélgica tiene monumentos históricos impactantes como la famosa Grand Place de la época medieval o un lugar fascinante como Brujas y muchos bosques que «son de cuento».

– También tiene canales, sin góndolas pero con medios de transporte muy agradables para recorrerlos… el transporte público es muy bueno, confortable. Por eso casi no usan el auto. Usan, sí, mucho la bicicleta.
– ¿Cómo es el clima?.
– Horrible. Es frío y cuanto más al norte del país se va, mas frío todavía. Todos hablan de que Londres es muy lluvioso… pero en Bélgica, la ropa lleva capucha porque puede llover hasta siete veces por día. Los medios de transporte están preparados para el frío porque puede llegar a seis grados bajo cero y caminás con nieve hasta las rodillas.
– ¿Como describirías, en términos generales, la forma de ser del belga?.
– Son algo remisos, solitarios; nosotros, los argentinos, en ese aspecto somos mucho más abiertos. Ellos casi no gesticulan, más bien son tímidos, no hablan fuerte, diría que susurran… Cuando vengo a Argentina y desde la esquina me gritan “¡Che, Berta!»… allí, si se hiciera eso, te mirarían raro.
– No son expresivos como nosotros.
– A los argentinos nos detectan por la espontaneidad… nosotros, si escuchamos un chiste, nos reímos a las carcajadas. Ellos, en ese aspecto, son muy silenciosos. Y, al igual que los alemanes, muy disciplinados.
– ¿Tienen sentido de familia?.
– No como el nuestro. Nosotros somos más de visitar a la familia; ellos, no tanto. Es raro ver a una familia junta. Los jóvenes, a sus 18,19 años, se separan de la familia, van a estudiar… Hacen un corte y se dedican a viajar, participan en intercambios… las familias se van disgregando.
– ¿Cómo se trata a los ancianos?.
– Los abuelos tiene un muy buen standard, pueden pagarse una persona que los cuide en buenas viviendas habitacionales. Tienen un excelente sistema social que los contiene; ellos pueden pedir asistencia médica, comida, momentos culturales (por ejemplo, alguien que les vaya a leer); en ese sentido, el soporte que tiene la persona anciana es muy bueno.

Berta señala, por otro lado, que por la disgregación familiar, los mayores son poco frecuentados por los suyos. Cuando llegó la canicule ( lapso muy breve de muchísimo y desacostumbrado calor) de 2003, «murieron cerca de 70 abuelos porque estaban solos, era período de vacaciones y nadie los iba a visitar…».

– ¿Hay cafeterías en Bruselas?.
– Sí, son muy chiquitas, en Bélgica todo es chiquito. Los ambientes son chiquitos… Hay lugares para tomar café pero en realidad lo que se toma mucho es cerveza que acompañan con papas fritas. Comen muchas papas fritas, también otra comida típica- el escargot – que son caracoles calientes con pimienta que venden hasta en la calle, también comen muchos mejillones.
-¿Hay mucho alcoholismo?.
– Muchísimo, es el país de la cerveza. Hay cerveza de todo tipo. Está la feria de la cerveza que en la entrada tiene un aparato para medir la alcoholemia y dice hasta cuánto puede beber uno. Uno entra, toma, y se vuelve a tomar la alcoholemia para ver cuánto puede seguir tomando.
– ¿El que se pone ebrio se vuelve agresivo?.
– No, más bien se desploma, se cae.
-¿Es estricta la policía?.
– Sí, hasta te puede hacer una multa si cruzás la calle por la mitad de cuadra. Si una persona transgrede, paga. Todo se paga. Por eso, la gente se cuida.
– Hay mucha seguridad…
– Por supuesto, hasta se encuentran las cosas que uno pierde. Me pasó de olvidar mi cartera en un tranvía y llamar a la empresa y la tenían guardada. también, hay mucha credulidad, no se piensa que alguien se pueda quedar con lo que nos es suyo.
– Son respetuosos…
– Muy, muy respetuosos, no te podés desubicar… si en un negocio sacaste número, no te podés acercar al mostrador para preguntar si tienen lo que necesitás para evitar la espera… tenés que esperar, sí o sí… Si en un lugar dice «Silencio», es silencio. Pero, además, las normas la hacen cumplir los mismos habitantes: si tirás un papel en la calle, no va a faltar quien te llame la atención.
– ¿Se ven chicos y mascotas por la calle?.
– Más mascotas que chicos… No hay casi población infantil. Para empezar, los jóvenes no se casan y si se casan, el no tener hijos es normal. Quienes sí tienen muchos hijos y sentido de familia son los musulmanes, que cada vez hay más.
– ¿Cómo son las mujeres?.
– Rubietonas, bajitas, se cortan el cabello a lo varón, lo más practico posible… son a cara lavada, no se maquillan. El belga que se separa busca una chica latina porque tiene más salsa, glamour. Ellos dicen que las latinas – especial-mente las brasileñas y colombianas – tienen vida, chispa, son más femeninas, atractivas…
– ¿De la Argentina qué se sabe?.
– Ahora está de moda por Máxima, el Papa y Messi… mucho más no se conoce.
-¿Es de extrañar el argentino que vive en Bélgica?.
– Hay gente que siempre está con la valija lista para volver en cuanto se le presente la menor oportunidad. Como Bélgica recibió muchos refugiados políticos durante la dictadura, me encontré con algunos que formaron familia y les resulta más difícil regresar… es la eterna disyuntiva del que se fue: «me quedo, me vuelvo a la Argentina»… me gustaría escribir un libro sobre este tema.
– ¿A vos y a los tuyos les gustaría regresar?.
– A nosotros, como a la mayoría, nos agarra una contradicción: escuchás que pasa algo feo en Argentina y decís de no volver… pero venís de visita, te reencontrás con tus afectos y te decís cómo me gustaría volver… Siempre estoy en la incertidumbre. Sucede que allá, en Bélgica, es todo tan distinto… lo bueno que tenemos en Argentina es el calor humano, esa cosa del mozo que te pregunta:«¿no quiere algo más?», o cuando cargas nafta – allá es uno quien la carga – y te preguntan si querés que te limpien el parabrisas… son cosas que parecen tontas pero que cuando no las tenés, se extrañan. Como el sol por ejemplo… allá el día que hay sol es una fiesta y acá lo tenemos todos los días. Yo me la paso tomando vitamina D para compensar la falta de sol. Últimamente, vengo dos veces al año y se me llenan «los tanques de oxígeno»…
-¿Qué otras cosas se extrañan?.
– El calor humano que tenemos los argentinos, la lengua… lo primero que extrañamos quienes nos vamos es la lengua porque, cuando se vive en otro país, uno sale a la calle o prende la tele o la radio y escucha otra lengua… llega un momento en que te duele la cabeza. Extraño los olores, los sabores, los abrazos, el tocarse, porque uno puede hablar a la familia por teléfono, por skipe, pero no puede tocarse, abrazarse… hay tantas cosas que no se pueden llevar en las valijas…

Recuerdos de Caseros: Cuando Berta era pequeña, su madre la mandaba a comprar el pan a lo de Azurmendi y el azúcar suelto en lo de Pablo Ferrario. «Recuerdo también a la mercería Catena, a la casa Héctor Pérez Pícaro, al corralón Acebrás y a la librería de Acualisi, que estaba sobre avenida San Martín».

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