EN SEPTIEMBRE de 1961 entré por la puerta de dos hojas de madera que lucía la ochava de Avda. San Martín y Urquiza cuando era «La 83», de Caseros. Basta pisar la pinotea lustrada y el perfume a escuela impresiona mis sentidos, todos, no sólo el olfato, y creo que para siempre. Estaba hecho del olor a delantales almidonados, a pizarrón negro, a prolijos registros, a escritorios, a maestros con visible actitud de dar y orgullosos por eso, a campana de suave bronce, a mástil presumido por sostener a una invitada honorable, a borrador y tiza y a chicos sentados en los bancos tramando la vida con plumas, tinta, manchones y secantes.

Me quedé quieta mientras mi mamá hablaba con la Sra. Directora de cosas de grandes que yo no entendí quizá porque tenía seis años y lo único que deseaba era ser parte de esa nueva realidad soñada. Enseguida escuché la campana, era Don Franchino, de guardapolvo beige, que tocaba entusiasmado mientras Pura, la otra portera inolvidable, venía por el patio apurada con las jarras para servir la leche. Evoco los recuerdos de la primaria en «la 83», van y vienen, se saltean olvidos que se llevan nombres y aparezco en segundo grado turno intermedio, la Srta. Ana María Minotti es una imagen dulce y firme que perdura y se sostiene gracias al cariño de sus gestos aun retándome porque yo hablaba mucho con Isabel Barros, mi compañera de banco.

En tercero estamos con Susana Gigliotti que nos habla con palabras tan azules como sus ojos indicando una lectura del libro Campanita como tarea y después nos vamos a ensayar La Danza de las Horas en la banda rítmica para la fiesta de fin de año.

En cuarto, la Sra. de Piñeyro nos hace escribir una redacción que me cuesta mucho, pareciera que las palabras haraganean en mi pluma y por suerte Pura toca el recreo largo, la mancha y la chocolatada nos esperan en el patio del mástil donde el sol nada atrevido atempera la mañana de junio.

En sexto, la Sra. Emma de Maestre deja de mostrarnos las partes de la flor porque la risa le corta la voz, ha descubierto que Bruno, Juan Carlos, se puso una media de cada color. Ese año ya no jugamos en los recreos. Graciela Orlando, mi compañera de banco, y yo nos reunimos a conversar debajo del árbol cercano a la puerta del aula con Cecilia Bouilly, Norita Aronoff, Viviana Vovornik, Pichi De Simone, Isabel Barros, Silvia Negro y Pelusa Vázquez, mientras los varones pasan corriendo y nos deshacen, con incipiente picardía, los moños de los delantales. Antonio, Blanco, Bruno, Orsi, Rozzon, Sinatra, Velazco Leiva, vengan por favor, necesito que me ayuden a pegar unas láminas y a correr los bancos, Agudo y Livio hoy buscan los mapas.

Así convoca la Sra. Ema, y nosotras seguimos hablando de lo nuestro. Lentamente cae un velo en las imágenes de la primaria porque su tiempo ha terminado. Pero el brazo inesperado del destino hizo que el amor y los aromas de «la 83» se reavivaran en 1978 cuando entré por la misma puerta de la ochava con el guardapolvo de maestra. Me acomodé con emoción en los lugares de antes y me cuesta no seguir el impulso de correr a sentarme en los bancos ya sin tinteros. No, me tocaba estar del otro lado, en el escritorio, frente a los cuatro sextos, dos en cada turno.

Fui la señorita Nora, de Lengua y Ciencias Naturales, bendecida con la posibilidad de brindar lo aprendido que no eran sólo las cosas del saber, debía abrazarlos con una amorosa actitud de servicio para que siguieran creciendo en el «perfume a escuela», tenaz, cálido y a veces no tan cordial, como un hogar para la vida. La Directora de entonces, Srta. Elisa Romero y Haydeé, nuestra Vice, fueron mis guías en ese único año que ejercí la docencia en las mismas aulas de la niñez.

Una mañana, al finalizar el recreo, estaba en la puerta del salón rodeada por un grupo de alumnos a quienes les daba una seria reprimenda cuando se acerca Haydeé y decidida dijo: Vamos, adentro, el recreo ya terminó, ¿qué hace sexto afuera?, vamos. Los chicos turbados por aguantar la risa me señalaron. Haydeé pasó un rato disculpándose y el reto perdió importancia. Si bien la memoria tropieza con el tiempo, recuerdo la feria de Ciencias armada en el patio con mis sextos; los veo ensayando La Condición que bailaron un 20 de Junio; siento las dificultades que les traían igual que a mí de chica las palabras reticentes y mi empeño al ayudar

los; y también me veo, de guardapolvo, con mis ganas flamantes muy vivas aun de que el amor de la ESCUELA y por la ESCUELA sea, definitivamente, una realidad imprescindible ¡Gracias!

 

NORA BALARINO