Cuando lo entrevistamos, andaba por sus 72 abriles y todavía le duraba la pinta de compadrito. Oriundo de Baradero e hijo de españoles, alto, de bigote y sonrisa facilonga, nos dijo que se llamaba Manuel Araujo pero que también atendía cuando le decían Manolo. Fue camionero, herrero, abastecedor de carne, jornalero en un horno de ladrillos, albañil, colocador de cerámicas, almacenero y fatigó alguno que otro oficio más. Jamás, aseguró, le escapó al trabajo.

“Mi primer laburo, a los once años, fue en lo de Antonio Pena que tenía la herrería en 3 de Febrero, casi esquina Mitre… después, trabajé en el horno de ladrillos de Dentino, que estaba sobre la calle Carlos Tejedor”, recordó.
Tampoco le escapó al deporte: fue lanzador de jabalina y de disco (“en la colimba”), ciclista, futbolista y boxeador. A estas dos últimas disciplinas solía practicarlas en conjunto. Era un centrojás de los de antes que combinaba los centros a la olla con los sopapos.
“Es que  jugando a la pelota, siempre se formaba tumulto… y algunos lo esquivaban. Entonces, cada vez que había tumulto, mandaban al frente al gil… ¿Y quién era el gil?”, se tocó el pecho.

A pesar de los ojos en compota, Manolo añoraba aquella época... “Nos peleábamos mucho pero éramos más decentes. Por ejemplo, nos agarrábamos usted y yo y usted me daba un par de piñas y me mandaba al suelo… bueno, ya no me pegaba más… usted me preguntaba si quería seguir cobrando. Pero, ahora… ahora si lo agarran en el suelo, lo matan a patadas… Con toda la gente que me peleé, quedé más amigo que antes porque el que se pelea en un partido de futbol lo hace por la pasión del juego, no porque sea mala persona. Después de todo, recibir algunas piñas no es nada ¿No?”, preguntó sin esperar la respuesta.

«Yo empecé jugando en un cuadrito que se llamaba “Laureles Argentinos”; después, seguí en “El Fortín de Villa Pineral”.
Defendiendo esta divisa, integró un formidable equipo que se mantuvo invicto a lo largo de 56 encuentros. “Perdimos contra Golondrina, un equipo de Haedo. No soy llorón: nos ganaron bien”, afirmó pero sin mucho convencimiento.

Su último partido lo jugó a los 52 años… “¡Y ganamos! Fíjese como serían los contrarios…”. Como boxeador amateur ganó veinte peleas y perdió la veintiuna. “Allí dejé los guantes”.

Fue, junto a su padre y un grupo formado por vecinos y amigos, uno de los iniciadores del legendario club de sus amores: “El Fortín de Villa Pineral”.
“Nació por una inquietud de Gerardo Tescione; la primera reunión se realizó en el bar de Domingo Pepe, que estaba ubicado en Villarino (actual L de la Torre) y Carlos Tejedor”.

Quería tanto a la institución que manifestó: “yo no sé si El Fortín es hijo mío o yo soy hijo de El Fortín”.

Vivía frente al club, en la calle Lisandro de la Torre, entre Carhué y Catriló, desde el año ’22. A estos arrabales caserinos se los conocía como Villa Calabria “… aunque no sé el motivo porque al principio casi todos éramos gallegos y había pica: los gallegos de un lado y los tanos del otro”. Lo que sí sabía es porque a ese pedacito de Caseros se lo conoce como «Rincón».

Afirmó: “Resulta que  instalaron un almacén y despacho de bebidas en la ochava formada por Carhué y Villarino. El dueño colocó un gran cartel que decía RINCÓN y así le quedó el nombre al lugar. Al lado del almacén había una parrilla a la que llamábamos “EI chorizo reventado” por la calidad de la mercadería…”.

Manolo fue alumno de la escuela Angel Pini, ubicada en Puan, entre 3 de Febrero y Sarmiento. “Pasé cuarto grado porque la maestra me dejó pasar. Me dijo: ‘¿Vas a seguir estudiando?’. Le respondí que no; entonces, me aprobó. La verdad, yo era medio durazno…. antes, no se le daba mucha bolilla al estudio; no sé si porque los pibes éramos duros o si porque los padres preferían que fuéramos a trabajar… Principalmente, sobre las mujeres se decía: ‘Para qué va a estudiar si después se casa y´… ahora le digo algo: colegio no tengo, pero escuela de la vida tengo bastante«.
Manolo estaba casado con Aída Campagnello – hija del primer presidente de «El Fortín»- y tenía dos hijas: Ana María, odontóloga y Marta Inés, bioquímica.
El hombre con pinta de guapo se sabía querendón: “Yo soy el padre de mis hijas, pero a la vez, soy un bebé para ellas… y soy el ídolo de mis nietos”, confesó.
Perteneció a esa clase de gente para la que un apretón de manos valía más que una firma y reconocía que fue “medio atorrante pero jamás un sinvergüenza». De Rincón, exageraba: “es el mejor barrio”.

De aquel centrojás que estrolababa lindo, le quedaba la estampa, los amigos (“muchos”) y los recuerdos. Le gustaba escribir. Nos dejó un papelito donde garabateó: «No te creas poderoso/ por un título logrado / en el libro de la vida / queda escrito lo pasado».
Manolo falleció el 23 de noviembre de 2005, a sus 85 años.