EL PAMPA

El evocar me recupera sepias  imágenes de aquel dorado tiempo de juventud vivida intensamente, recuperando visiones de grata nostalgia. Cuantas veces – casi de madrugada- y con el último «convoy» de Retiro del viejo Ferrocarril Pacífico (BAP), arribé a la estación junto con el famoso vecino que vivía por estos lares en aquellos tiempos: me estoy refiriendo al notable hombre de la radio y televisión – don Antonio Carrizo – con quien compartí en una de las gastadas mesas del viejo bar, «un jugo de paraguas» (así le decíamos a esa tacita de café que nos servían) mientras pasábamos el rato observando alguna partida de billar en la mesa vecina, cuyo verde y gastado paño era recorrida por los garabatos de las bolas en juego.

Huelga señalar a esta altura, que el famoso café de marras era el mítico «PAMPA», que estaba ubicado frente a la misma estación, en la esquina sudeste de las calles Rivadavia (hoy, Valentín Gómez) y Andrés Ferreyra, a pocos metros de la actual de la Universidad Nacional de Tres de Febrero.

Instalado en una construcción envejecida por el tiempo de las pocas que aún quedan en pie en esta villa, tenía su entrada por una puerta sobre Rivadavia, subiendo un par de escalones de material, para acceder a un amplio salón con piso machimbrado de derruida pinotea, que crujía ante las pisadas. Varias mesas y sillas de madera se distribuían en el lugar, como así también una mesa de billar apta para juego profesional, con tacos, tiza y «carambola» a disposición de los jugadores, según la especialidad elegida: libre o tres bandas, las habituales entre los aficionados.

Sobrevienen en bandada algunos de los inolvidables personajes de aquel viejo bar, que la piqueta echó por tierra cuando el tiempo demandó su defunción. Recordar a don Atilio Versani, singular «hombre de la noche», destacado por su elegancia.
Era un consumado aficionado al billar, de carácter afable, llamaba la atención por la pomposidad de sus originales sombreros. Atilio era un ilustre habitué del renombrado café.

TANGUITO (pero no el de «LA BALSA»)

Quien acaparaba las miradas y los comentarios del viejo bar era alguien casi mimetizado con el «boliche». Era uno de los servidores más antiguos de la estación Caseros, con su taxi regastado pero servicial, que pasaba muchas horas de su trabajo en la mesa de billar de dicho local. Le decían «Tanguito» (foto), parroquiano de pañuelo anudado al cuello y sombrerito de ala angosta, con copa parecida a una pequeña «cacerolita» que lucía como emblema de su mejor gala.

Su nombre – Oscar Páez – pertenece ya a la historia menuda de nuestros recuerdos y a quien evocó can sentido respeto. Lo recuerdo con nostalgia y buena onda porque dentro de la rudeza de su trato cotidiano, era una buena persona. De reconocida guapeza en la riesgosa profesión, más de una vez debió exhibirla ante algunos «matoncitos» de circunstancia… Y en aquellos tiempos, no llamaba la atención la reiterada frecuencia de esos riesgos.

De «Tanguito«, servicial con su «clientela», hago presente que con toda diligencia atendió a mi esposa, en oportunidad de tener que trasladarla a un Sanatorio céntrico, a punto de parir, al menor de mis hijos, allá por 1958.

Otro de los parroquianos -con quien en alguna ocasión nos trenzamos en alguna circunstancial jornada billarista nocturna- fue el concejal Juan Reyna (apodado «Reinita»), de carácter jovial y bromista y muy buen jugador de este deporte singular.

También el viejo bar consentía la práctica de algún otro juego de salón, tal el caso del ajedrez, En más de una oportunidad, tuve el placer de cruzar alguna partida con mi amigo Lorenzo Naguito Gómez (excepcional persona y eximio jugador), con el que matizábamos algunas tardes y  placenteras noches en el mítico café, tablero de por medio.

 

PEDRO MALVIDO GIMÉNEZ