Foto tomada en 1959: Alfonso Vega y Alberto Gorgolizzo

Alberto Gorgolizzo – vecino de la calle Belgrano, entre España y Roma (Villa Alianza) – así recordaba a su gran amigo.

Andaba de pantalones cortos cuando me hice amigo de Alfonso. Era la década del ’20. Creo que empezamos a juntarnos de tanto estar sentados en una de las ventanas perteneciente al almacén y despacho de bebidas de don Anastasio, que estaba ubicado en la esquina de Belgrano y Roma. A los pibes, no nos dejaban entrar al local; a lo sumo, imaginábamos ese mundo desde afuera.

El Gallego – así lo llamaba yo a Vega – vivía en la calle Roma, entre Belgrano y Urquiza. El venía hasta mi casa atravesando los baldíos… todo esto era puro choclos. A la calle Belgrano – de tierra, por supuesto – la cortaba una quinta con cercos de sina-sina.

Estábamos juntos desde la mañana hasta la noche; todo el día haciendo macanas… Muchas veces, a la hora de comer, nos sentábamos por ahí, le mangueábamos unos criollitos a Santiaguito Borroni – que tenía el reparto de pan- hacíamos sanguches de mortadela y nos quedábamos mirando los campos…

Recuerdo que el padre de Vega -un asturiano, gaitero y ferroviario – para que no anduviéramos vagueando nos dio a puntear dos lotes de su propiedad. Él se iba a trabajar y volvía en el «Tren Obrero»… cuando sentíamos el silbato de «La Catanga» – la locomotora – nosotros, que estábamos haciendo fiaca, corríamos a agarrar las palas. Éramos dos atorrantes.

Alfonso -algunos le decían Veguita o Palito – tenía dos hermanas, Sara e Isabel, y un hermano mayor, Pepe, quien fue dueño de todos los repartos de diarios de este lado de Caseros (sur), los del otro lado de las vías, pertenecían a Berro, eran los dos capos de los diarios.

A Pepe, en la hora de la siesta, le pitábamos los cigarrillos “Sublime” que guardaba en el cajón de la mesa de luz. Supongo que él se daba cuenta. Pepe no era de hablar mucho pero con la mirada decía todo; creo que no nos tiraba la bronca porque, de pibe, también habrá pitado a escondidas. Con el Gallego nos la pasábamos jugando al futbol que era a lo único que se jugaba.
Los dos éramos hinchas de Independiente; una vez, nos escapamos hasta Avellaneda y vimos jugar a la delantera formada por Canaveri, Lalín, Ravaschino, Seoane y Orsi. Después, no nos alcanzó la guita para el boleto y tuvimos que venir caminando desde Devoto. Ni se nos ocurrió colarnos en el tren porque éramos hijos de ferroviarios y el control que hacían los ingleses era riguroso.

Los dos fuimos a la escuela William Morris, en Palermo. En aquel tiempo, el arroyo Maldonado estaba sin entubar. Volvíamos en el tren de las 4.10, desde Retiro. De paso, le traíamos los diarios de la tarde a Pepe; en el furgón de atrás, poníamos los Crítica, La Razón, Noticias Gráficas y nos veníamos para Caseros.
El Gallego ayudaba a su hermano y hacía el reparto. Me parece verlo saltando los alambrados para cortar camino. Yo, casi siempre, lo acompañaba.

Nos fuimos haciendo mozos e íbamos a milonguear al club Villa Alianza como todos los muchachos de por acá. También, medio escapándonos de nuestros padres, concurríamos a milonguear a otras partes. Para disimular, teníamos un par de pilchas guardadas en la peluquería de Urquiza y Villarino.

Alfonso era muy pintón. Yo lo cargaba y le decía que lo habían engrupido de que era lindo. Íbamos a bailar a Pilar, a Junín…siempre nos manejábamos con la línea del San Martín. Teníamos un maquinista conocido que aminoraba la marcha, a la altura de la calle Cavassa, para que pudiéramos subir al tren.

Éramos tan amigos con el Gallego que nos enganchamos, juntos, en la Armada. Recuerdo que él encaró a un oficial y le pidió que nos destinara al mismo lugar en mérito de esa amistad ¡Para qué! Al Gallego lo mandaron a la cañonera Libertad y a mí, al crucero Almirante Brown. Él navegaba por el Paraná y yo, mar adentro. Pasados tres años, renunciamos.

Alfonso se casó con Delia, una chica del barrio y tuvieron dos hijas: Any e Inés. Yo también me casé y la amistad siguió con los matrimonios. Íbamos a pescar, aunque él – dos por tres- se quedaba de apoliyo debajo de un árbol. Cuando nos reuníamos en el club Alianza, a propósito nos sentábamos alejados y, en broma, nos empezábamos a sacar el cuero. Prácticamente, hacíamos un show. El Gallego tenía mucha chispa, era muy divertido… dominaba toda una fiesta; aunque era argentino, tenía la gracia española.

Fue una persona dócil, reacia a pelearse. Atendía el puesto de venta de diarios de Mitre y 3 de Febrero; más adelante, el de Valentín Gómez y 3 de Febrero. Cuando se jubiló como diariero, instaló un local de ventas de galletitas en Urquiza, entre San Martín y 3 de Febrero. Falleció el 17 de julio de 1988, tenía 74 años. Fue un amigo leal. Su desaparición me afectó mucho.