Hace un tiempo, María Teresa, vecina de Caseros, nos contó la historia de vida de su papá – don Mario Gómez (hoy se cumplen trece años de su fallecimiento) – el dueño de la tradicional panadería La Flor, ubicada en la calle De Tata, entre pasaje Arévalo y Maestra Baldini.

En 1959 llegó a Caseros una familia con nueve hijos y muchas ganas de progresar que se instaló en el domicilio mencionado.
Desde el negocio, doña Teresa observaba la llegada del tren a la estación y ponía el agua para los fideos. En ese viaje llegaba su compañero: don Mario Gómez.

El hombre había nacido en 1921, en Mojones, Entre Ríos. Su madre debía trabajar, entonces lo dejó al cuidado de su tío, quien lo envió a Buenos Aires junto a una familia alemana.

«Era de poco hablar, lo necesario. Lo hacía pausadamente como pensando lo que iba a decir. Nunca perdió su tonada provinciana. Hay dos frases que me repetía siempre: ‘Mira para adelante y no hay que meterse´», recuerda María Teresa, la hija de don Mario.

En la Capital, entre conventillos y changas, a sus 18 primaveras, descubrió el oficio de panadero. Dos años más tarde, repartía el pan a domicilio cuando conoció a una mujer de la cual jamás se separaría: Teresa Hernández era cocinera y tenía una hija de cuatro años.

Don Mario abandonó de a poco los hábitos de soltero, el hipódromo y los Particulares livianos, pero mantuvo su gusto por Los Chalchaleros como su pasión por River y Ford. El matrimonio tuvo en Munro su primera panadería.

«Vivía para la panadería, no hacía otra cosa. Le gustaba hacer el pan. Algunos lunes, que era el único día franco, la llevaba a mi mamá a comer a Las Cuartetas pero muy pocas veces».
El siguiente destino del matrimonio fue General Pacheco. Sobre la ruta 197, inauguró la panadería «General Pacheco». Hasta que en 1959, la pareja llegó a Caseros y nació «La Flor».
Del negocio a las tareas de la casa, así, fue creciendo la familia, siempre trabajando.

«A las seis de la mañana, los empleados de la fábrica IMEMA pasaban a comprar las facturas, el pan de viena, las flautitas o galletas. Me acuerdo de la fábrica de licores Peters, del almacén de la Carla, la carnicería de don Juan y La Excavadora… del club Juventud Unida, donde papá fue socio honorario, un orgullo para mí».

Durante el gobierno peronista, Mario debió trabajar con harina negra y donar parte de la mercadería. Lo hacía sin problemas, siempre estaba listo para ayudar, señala María. Con sus primeras ganancias adquirió una Estanciera verde. Cuenta su hija que a fin de año iban al balneario de San Isidro a esperar el año nuevo. Los diez hijos en la camioneta.

«Recuerdo a mi viejo cruzando el río de lado a lado, eso le gustaba». Don Mario disfrutaba de la natación, la pesca y la bicicleta. En su juventud realizaba viajes a Luján junto a su amigo Alfonso Guadagno, quien fue el padrino de todos sus hijos. Las épocas fueron cambiando a algunos de sus hijos les tocó trabajar con él y otros como la menor, Graciela, no. Don Mario siempre se mantuvo igual, con carácter fuerte, fue un hombre derecho. De la nada se construyó un futuro, una casa, una familia.

«En 1998, Rubén mi hermano mayor -El Pana – falleció en un accidente automovilístico. Era un loco por los fierros, amante de Ford… mi recuerdo para sus amigos, los Manduca, Manzani y Rufo.
«Luego de él, se fue mi mamá, pero mi padre se las arregló bien a pesar de que no pudo continuar con la panadería».
El 12 de marzo de 2008 partió en un viaje sin retorno. Toda una vida de lucha, amor, trabajo y respeto son las palabras de María cuando habla de su padre.

«¿Qué me enseñó mi papá?: el amor. Amor al trabajo y a la familia».