Hoy se cumplen cinco años de su fallecimiento. En cierta oportunidad, nos contó lo que aquí pasamos a relatar.

En los años ’30, se afincó junto a sus padres y hermanos en la calle Moreno, entre Spandonari y J.M. de Rosas, un rincón de Caseros surcado por grandes zanjones que los vecinos salvaban mediante precarios puentes de madera. Cada tanto, en alguna esquina, un rústico molinete impedía que vacas o caballos invadieran las veredas.

LA EXCAVADORA

“Mi cuadra –nos dijo Elvira- era la última; después venían los baldíos… se veía hasta Palomar. Recuerdo que mi papá se cruzaba la escopeta a la espalda e iba a cazar patos por esos campos; especialmente, a La Excavadora”.

La aludida “Excavadora” fue en esos años un continuo convocante vecinal. Infinitos picnics y excursiones se realizaron en su geografía agreste.

“Allí era común andar saltando las lagartijas… los fines de semana se llenaba de gente y éramos todos conocidos… hasta nos hacíamos amigos de los linyeras que vivían allí. De los linyeras se decía que habían sido médicos o abogados que habían tenido una desgracia familiar y no se habían podido recuperar”.

LA QUINTA DE LA VIUDA

Pegada a La Excavadora se encontraba la “Quinta de la Viuda”.
“Los dueños, cuando se oreaba la tierra, luego de la cosecha, dejaban entrar a los vecinos para que recogieran lo que había sobrado. Los chicos también íbamos a recoger el maíz que caía al suelo cuando se hacia el trasbordo de vagón a vagón”.

El padre de Elvira fue el conocido Gallego Lanza, uno de los primeros peluqueros de damas del barrio que brindaba atención a domicilio. «Yo también aprendí el oficio y me cansé de hacer las permanentes autotérmicas», recordaba Elvira.

Don Lanza falleció joven y su esposa, Josefina Pepa Aiello, quedó al frente de la familia que se completaba con Elvira y sus cinco hermanos.

“Salimos al frente con dignidad y educación. Para ayudar en casa, trabajé mucho y más adelante, cuando me casé, también trabajé para colaborar con mi hogar”.

Su adolescencia y juventud la encontró viviendo en la calle Gral. Paz (actual David Magdalena) y Urquiza. Época de veladas cinematográficas en el ‘Paramount’.
“El cine tenía un techo que se corría en el verano y se veían las estrellas. A veces, llovía de repente y, hasta que terminaba de cerrarse, la gente se empapaba”.
Don Ansaldo, el dueño del cine tenía un libro ‘negro’ donde anotaba el nombre de los pibes revoltosos que soltaban pajaritos durante la película o tiraban huevos a la pantalla”.

VUELTA AL PERRO

La muchacha de Caseros -que siempre fue bonita y simpática- también fue activa participante de los legendarios paseos por la calle 3 de Febrero, entre Mitre y la estación, ida por una vereda y vuelta por la restante, conocidos como ‘La Vuelta al Perro’, donde los mozos y las mozas pispeaban sus encantos.
“Había una Banda que los domingos al atardecer, tocaba Danubio Azul y otros temas parecidos. Nosotros los hinchábamos para que tocaran algunos tanguitos”.

EL REPÚBLICA

Las milongas en el República también fueron legendarias. “Me parece ver a todas las madres sentadas contra la pared, cuidándonos a las chicas a las chicas… lo más lindo era el Carnaval ¡Todas las familias iban a los clubes y cómo nos divertíamos! Recuerdo que las chicas nos poníamos un antifaz que nos quitábamos recién a las doce de la última noche de Carnaval”.

Elvira, desde pequeña, conocía a un morochito de pantalones cortos que jugaba con sus hermanos. Con el tiempo, el vecinito se parecía a Alberto Morán– el ídolo de entonces – en el empilche conquistador.
“Los muchachos tenían quizás un solo traje pero era impecable, de medida, y hecho por don Fragalá, que tenía la sastrería al lado de la Escuela N° 45”.
El choque de planetas no demoró y luego de un noviazgo modo “martes, jueves y domingo”, José Modesto Estévez, carpintero de oficio, y la chica del antifaz se casaron en la parroquia La Merced.

Nuestra vecina fue amistosa, charleta, querendona y querible. Le gustaba garabatear sus sentimientos y expresarlos en cartas que remitía a las personas cercanas a su alma. Muy apreciada en el barrio, vivía junto al Alberto Morán caserino, en la calle Spandonari, entre Moreno y La Merced.

El matrimonio tuvo dos hijas – Graciela y Silvia – y dos nietitas: Daniela y Fernanda.
La querida Elvira Lanza falleció el 12 de junio de 2016, a sus 89 años.