Manuel Mandeb, como tantos Hombres Sensibles creía realmente en los Reyes Magos. Todos los cinco de enero ponía sus zapatones en la ventana de la pieza de la calle Artigas donde vivió muchos años. Jamás le dejaron nada, es cierto. Pero el hombre suponía que esto obedecía a su conducta, no siempre intachable.

En los días previos, las viejas del barrio creían notarlo amable y compuesto. Quizá no eran suficientes esos méritos de compromiso. No es fácil engañar a los Reyes. Muchos de sus amigos sintieron alguna vez la tentación de dejarle algún regalito.

Pero no quisieron engañarlo.

Ellos también esperaban con él. Y hacían fuerza para que alguna vez apareciera aunque más no fuera un calzoncillo. Nunca ocurrió nada, pero la fe de los Hombres Sensibles de Flores no se quiebra fácilmente.

¿Qué virtud encierra creer en lo evidente? Cualquier papanatas es capaz de suscribir que existen las licuadoras y los adoquines. En cambio se necesita cierta estatura para atreverse a creer en lo que no es demostrable y -más aun – en aquello que parece oponerse a nuestro juicio. Para lograrlo hay que aprender – como quería Descartes – a desconfiar del propio razonamiento.

Por supuesto, en nuestro tiempo cualquier imbécil tiene una confianza en sus opiniones que ya quisiera para sí el filósofo más pintado.

La incredulidad es -según parece- la sabiduría que se permiten los hombres vulgares.

Nosotros resolvimos apostar una vez más por las ilusiones.

Por eso hicimos nuestras cartitas, pusimos nuestros enormes y pringosos zapatos en las ventanas, en los patios y aun en los jardines.

Y el seis de enero recogimos nuestros sencillos regalos y se los mostramos a los vecinos.

-Mire lo que nos trajeron los Reyes.                                               

Algunos Refutadores de Leyendas nos miraban con envidia, silenciosamente.

 

ALEJANDRO DOLINA

(Extraído del cuento “Los Hombres Sensibles, los Refutadores de Leyendas y los Reyes Magos”, publicado en el libro “Crónicas del Ángel Gris”)