En la zona conocida como Villa Parque, Caseros, y sus alrededores, los Ottonello, allá por 1902, comenzaron la ardua, honrosa tarea de trabajar la tierra. Laborar, sí, laborar que viene de labrar, que significa dejar surcos y hacer huellas. Ellos, quienes además de esposos eran primos, decidieron hacer surcos en la tierra cultivando una quinta de verduras, conocida como La Quinta de Don Pablo.

ACERCA DE LO QUE FUE LA QUINTA     
Estaba limitada por las calles Perú, Urquiza, Mitre y Alvear. La entrada principal se encontraba sobre la avenida Alvear. En el lugar donde actualmente se encuentra la plaza de Villa Parque, había una laguna; allí se pescaban anguilas y ranas, a las que se las comía.
Sobre avenida Mitre (la única asfaltada por entonces) había toda una hilera de eucaliptos y por la calle Perú había otra entrada menor con una tranquera. Distribuidos cercanos a la casa, sauces y paraísos. Sobre Urquiza y Alvear había un monte frutal con muchísimos duraznos y también, melones y sandías.

Don Pablo (Paolo) Ottonello y doña Luisa Ottonello nacieron en Calizzano, un pueblito de Liguria, Italia.
Él nació el 21 de abril de 1865 y ella, el 20 de agosto del 1876. Don Pablo llegó a la Argentina alrededor de 1891. Se casaron el 10 de abril de 1897. Tuvieron seis hijos.
Cultivaban batatas, zanahorias, tomates, zapallos (angola y plomo), chauchas, arvejas, berenjenas, zapallitos, hinojos… en fin, de todo. Había una noria y un tanque australiano. Esa agua se usaba para todo, también se lavaba lo cultivado y se la usaba para el riego. La verdura de la quinta se llevaba al Mercado de Abasto. Al principio, se transportaba en una carreta tirada por bueyes que durante mucho tiempo fue la única y última carreta que ingresaba al Mercado. Luego, fue reemplazada por una chata tirada por caballos, que conducía el tan querido don Ángel Grosso, el carrero, como cariñosamente se lo llamaba. Sólo se usaba entonces la carreta cuando llovía mucho, hasta salir del barro, y después se pasaba a la chata.

Más adelante ¡llegó el camión!… Un Brodway, conducido por Laureano o Lorenzo. Todos trabajaban: la familia y los peones, sobre la base de un gran respeto mutuo. Comían todos juntos. Dicen algunos testimonios, como los del señor Tramontana y los mayores de sus nietos, que a Don Pablo, como le decían a mi abuelo, lo querían mucho por toda su persona pero, en especial, por su generosidad. En las épocas malas del primer cuarto del siglo pasado, el abuelo ayudaba mucho a la gente que más necesitaba. Hasta había hecho un camino, entre los surcos, para que entrando por la tranquera, pudieran ir a buscar lo que necesitaban. Eso sí, lo único que les pedía era que no destrozaran nada, que lo hicieran con cuidado… y la gente lo respetaba.                           

LA FAMILIA (Sus trabajos, sus valores y el agradecimiento de sus nietos, hoy, siglo XXI)
Como se mencionó anteriormente, allí todos trabajaban, la familia y los treinta peones. Los hombres en las labores más fuertes como las del arado, punteo, siembra, cosecha, empaque… Las mujeres, con Doña Luisa al frente, preparaban el desayuno y las comidas para todos. Se levantaban antes de que despunte el sol. No importaba si el clima era frío, muy frío, si había escarcha, lluvia o mucho calor. Desayunaban con grandes tazones de mate cocido y galletas caseras que se hacían al por mayor y que se guardaban en canastos o baldes, con suma prolijidad e higiene. La abuela Luisa no permitía entrar a las mujeres en la cocina a preparar la comida sin tener un pañuelo en la cabeza, cubriendo bien todo el cabello. Por supuesto, había mucha materia prima para cocinar ¿Animales? Sí, gallinas, patos, gansos, cerdos, conejos, algunos caballos, bueyes, alguna oveja.

Se carneaba en invierno y se hacía salame, chorizos y panceta que se guardaban en cajones de madera intercalándolos con sal gruesa. ¿Uva? se compraba un vagón de uva y en abril se hacía el vino para consumo de la casa y se guardaba en bordalesas en el sótano.
A la hora de la siesta, mientras «se descansaba», las mujeres enristraban ajo, hacían conservas de tomates, zurcían medias, hacían o arreglaban ropa…y también iban preparando el ajuar, en caso de estar de novias. Es decir, el descanso de la siesta era hacer otra actividad. Y hasta había tiempo para preparar los disfraces para ir al corso en la época del Carnaval… como cuando idearon y se hicieron los disfraces de Dominó.

Los hijos iban a la escuela, pero debían caminar mucho porque tenían que atravesar todo lo que hoy es la cancha de Golf y cruzar el puente de los entonces Talleres Alianza del Ferrocarril Pacífico para llegar a Santos Lugares, donde estaba la escuela. En 1909, el abuelo hizo sacar una foto a toda su familia para llevar a Italia. En esa foto no estaba su hija menor, mi madre, que nacería en 1910. El abuelo fue en barco a ver a su madre porque le habían avisado que estaba enferma. Viajes largos entonces… Lamentablemente, cuando arribó, su madre había fallecido. Retornó a la Argentina y siguió con la Quinta hasta 1921, año en que falleció. Pero al frente siguieron su mujer, Dona Luisa, y sus hijos, quienes se fueron casando, Albina, Palmira, Albiano y Elvira; la abuela se fue poniendo grande y se resolvió vender todo. Muchas de las cosas fueron a remate…

Era ya el año 1942… ¡¡¡40 años en la Quinta!!!. La abuela invirtió en tierras en Caseros, todas en una misma manzana, limitada por las calles Moreno, Suiza, Belgrano y Villarino (hoy Lisandro de la Torre) y distribuyó lotes entre sus hijos. De este modo, la familia siempre ha permanecido cerca y unida. Tal vez lo hizo así, por ese desarraigo que sufrieron ellos al venirse de Italia tan jóvenes dejando allí gran parte de sus seres queridos. Pero acá labraron, hicieron surcos, sembraron semillas, y no sólo de zapallitos, habas, arvejas, etc. Sembraron semillas de valores como: esfuerzo, colaboración, sensatez, ayuda, respeto por el otro, afecto, amor.

Nosotros, sus nietos, sentimos que nos dejaron esos surcos. Por eso, hoy queremos compartir esta historia de desarraigo y del modo en el que aún en medio de dolores se puede volver a construir. Sentimos que ellos nos han dejado huellas que habría que rescatar. Que en esta época vertiginosa en la cual vivimos, llena de inquietudes y preocupaciones, sería bueno beber del pozo de los valores que nos dejaron nuestros antepasados. Allí donde, desde el plantar una semilla y cuidarla hasta que diera su fruto, había amor, dedicación, espera, paciencia. Allí, donde todo se cuidaba mucho y se lo reparaba, porque cada semilla, cada herramienta, cada objeto era considerado valioso. Allí, donde el tiempo no había sido atrapado por el consumismo y se encontraba un espacio para dialogar, para escuchar al otro y sostenerlo en cualquier circunstancia. Abuelos, Pablo y Luisa, ¡Gracias! iGracias por la herencia de todos esos valores! ¡Gracias por su esfuerzo!

 

Sus nietos: Angélica, Juan Carlos, Osvaldo, Luis y Marta y los que ya no están aquí y que seguramente leerán esta nota desde alguna estrella: Eduardo, Elsa y Pablo.

PD: Gracias a la idea e impulso de mi primo Juan Carlos se realizó esta nota. Se hizo entre todos los recuerdos de los nietos, con los recuerdos que nuestros padres nos contaban y el testimonio muy valioso de la tía Angela.
Marta B. Ferrari