En 1990, le hicimos una nota a Héctor Cacho Alvarez. Nuestro entrevistado, ya fallecido, fue un legendario acomodador de los cines caserinos.

«El techo corredizo del antiguo cine Paramount era de latón y tenía una figuras pintadas. En verano, se abría y se veían las estrellas… era una cosa hermosa. La sala tenía un escenario grandísimo. En el subsuelo había diez camarines y un patio para que ensayaran los artistas. Además, tenía una serie de palcos. El techo estaba lleno de goteras y cuando llovía, como el piso era hueco, poníamos bolsas de aserrín o arena para amortiguar el ruido de las gotas En el año ’50, lo reformaron. No es un cine que tenga pulgas o piojos como dicen por ahí; sino yo, que trabajo aquí desde hace tanto tiempo, tendría que estar todo el día rascándome. Sucede que en todos los pueblos siempre hay un cine que lo bautizan «La Piojera»… ocurre en todas partes «.

Quien asegura que nada le pica y hace estas aclaraciones confiesa haber nacido en el año ’32. Es conocido como «Cacho» y desde 1947 cumple oficio de acomodador en los cines Paramount y Urquiza.

«En los buenos tiempos del Urquiza se trabajaba con cuatro acomodadores; la sala se llenaba casi todos los días. Empezábamos los jueves con casi 700 personas y los sábados a la mañana ya estaban agotadas todas las entradas para el fin de semana. Hacíamos dos funciones; a veces, tres: matiné, vermouth y noche… y eran tiempos en que se daban tres películas por función.
«Enfrente del cine Urquiza había una pizzería que se llamaba «San Miguel»: dos por tres les teníamos que manguear sillas a los gallegos para no dejar al público de pie. Cuando venían las companías de radioteatro – Audón López, Héctor Miranda, Juan Carlos Chiappe… la sala parecía que reventaba de gente.
«El día en que se estrenó «Juan Globo», con Sandrini, tuvimos que llamar a la policía montada para que desalojara a los que estaban en el hall y no podían entrar en la sala porque estaba repleta. En el Paramount, en los intervalos dábamos una contraseña y la gente aprovechaba para correrse hasta lo de Ottonelli y pedían dos porciones de muzzarella y un moscato. Después, los dueños de la pizzería nos comentaban que era una barbaridad lo que habían despachado. La gente era fanática del cine, los «días de damas – los martes – uno veía siempre las mismas caras. Las mujeres se traían termos, galletitas, sanguches… Las salas se llenaban tanto en verano como en invierno. Los carameleros vendían a rolete: existían unos caramelos de marca «La Glotona” que se vendían cualquier cantidad. Se bajaban tres o cuatro cajas de bombones helados por intervalo. Se vendían tantos que teníamos una refrigeradora grandísima. Muchos padres sabían de esto y venían, en invierno, a pedirnos helados porque habían operado de la garganta a sus hijos. Era muchísima la gente que venía al cine. Pensar que en la actualidad, a veces, tenemos que suspender la función por falta de espectadores.

Cacho nació en Junín al igual que sus cuatro hermanos. Su padre era inspector del ferrocarril y viajaba continuamente a la Capital. A su regreso les hablaba del Parque Japonés, del Jardín Zoológico, del Obelisco… Cuando anunciaron el traslado del empleado ferroviario a Caseros, Cachito creyó tocar el cielo con sus manos. ¡Al fin podría conocer esas maravillas que describía su padre y cuyas imágenes miraba embelesado en los noticiarios que pasaban en los cines juninenses!

«Los ‘días de damas´se pasaban películas de Lolita Torres. Libertad Lamarque, Sandrini, Pepe Arias, Tita Merello, Pepe Iglesias el «Zorro»… El cine argentino convocaba a mucha gente. Recuerdo cómo se llenaban las salas cuando se daba «Los isleros», «Todo un hombre», «Pampa bárbara”, «La guerra gaucha»… eran películas muy buenas y, además, contaban cosas nuestras. Los miércoles era los «días de acción» y las películas que más público atraían eran las de Gary Cooper, Randolph Scoot, John Wayne…
«La gente era ingenua; cuando pasaban las imágenes de un beso prolongado, los espectadores gritaban ¡eeeh! Una vez pasamos una película que se llamaba «Cómo se nace y cómo se muere»: para aquel tiempo, era una película fuerte. Entonces, contratamos a dos enfermeras para atender a los desmayados… Se hizo una función para las damas y otra para los hombres. A mí me parece que la última película que convocó a mucha gente fue «Al compás del reloj»… después empezó la decadencia.

Luego de llegar a Retiro, la familia juninense abordó un tren local hasta Caseros. Era de noche y reemplazaron la cena por un café con leche en el desaparecido bar «Los Andes» («Tenía una cancha de bochas cubierta») que estaba sobre la calle Valentín Gómez. Los recién llegados se instalaron en los alrededores de Pringles y Moreno. Al día siguiente, el amanecer desilusionó a Cachito. En vez del Parque Japonés, veía calles de tierra; en vez del jardín zoológico se encontraba con quintas… Corría el año ’43.

«Para venir al cine la gente se empilchaba bien. Hubo una época en que no se podía entrar sin corbata. Enfrente del Urquiza, había un quiosco, el dueño se llamaba Insa, que tenía una variedad extensa de corbatas y se las alquilaba a los olvidadizos. Los pibes eran de hacer líos. Cuando se cortaba la película empezaban con el «pan francés» (nota: golpear el piso con los pies) … chiflaban, tocaban cornetas y pitos. A veces tiraban unos caramelos grandotes, cuadrados, que existían antes… Una vez en el cine San Carlos -Mitre, casi Roosvelt- soltaron un gorrión con un globo inflado atado a una pata y el pobre bicho no podía dejar de volar… Existía una barra de muchachos, muy de jorobar, que paraban en «El Pampa».
«Uno, con el tiempo, los iba conociendo y ya sabía quiénes eran los lieros… entonces, enseguida los ubicaba con la linterna. Las parejas de novios se sentaban siempre atrás: después que se casaban, se iban para el medio. En la propina, nos metían cospeles, botones, pastillas, medallas, chapitas, monedas de otros países… pero en general, recibíamos buenas propinas. Superaban por mucho al sueldo. Una vez recibí doce pesos… un terreno costaba 50».

Si bien, en este barrio no encontró al Obelisco, Cacho lo fue queriendo a Caseros. Los vecinos afectuosos, los amigos; más adelante, las milongas en el Unión y el éxito que le otorgaba entre las pibas el uniforme de acomodador («Eran de primera, parecíamos generales») lo fueron convenciendo de que eran pagos hospitalarios y se convirtió en un caserino de ley.

«Por estos cines pasaron muchos compañeros: García, el «chueco» Martínez, Ramon Lagear, el «Coco» Quevedo, Gregorio, los carameleros «Pitiliti» y Castronuovo… Creo que la decadencia empezó con la tele y con la merma del poder adquisitivo. Pero si la gente recupera el valor de su salario va a volver. Porque una película donde mejor se ve, es acá: en el cine«.