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¡¡¡Muchaaaaaaachos!!!… Nos decían (o nos decíamos) “Los Pibes de Caseros”.

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En estas fotos de 1974, estamos en Urquiza y 3 de Febrero, en la vereda de Atila, negocio fundado por el gallego don Manuel Bodaño, de ropa para caballeros, que por entonces, revolucionó al barrio.

En Atila – donde trabajábamos Roberto, Omar, Gatti y yo se vendía mucho; los sábados laburábamos como locos y loco lo volvíamos a don Manuel, quien siempre fue un tipo formidable.

El legendario pilarcito de Cavassa y Moreno

Parábamos en esta esquina donde todavía se encuentra el chalet que tenía un pilarcito a lo largo, ideal para sentarse.

Antes que nosotros, también paró la Barra de Alejandro Dolina que, porque éramos un poco más chicos, no sacaba rajando (con el tiempo, el Negro Dolina se convirtió en nuestro ídolo y referente).

El Negro estaba de novio, por entonces, con Ana Bonvastineller, una uruguayita que era una de las chicas más lindas del barrio.

En ese pilarcito nos sentábamos para charlar de minas, de jugar a la pelota, de donde ir a bailar y de cómo arreglar el mundo. Nos quedábamos hasta que los dueños de casa (seguramente porque con toda razón querían dormir), nos rajaban…

Solíamos ir a los cumpleaños (algunos, formalmente invitados) de quince y llevábamos de regalo una rosa envasada en un tubo de plástico transparente.

En una oportunidad, a la hora de la sagrada siesta, en la terraza de la casa de los Cieri (Cavassa, casi esq. Moreno) al mejor estilo Beatle, armamos los equipos musicales y nos pusimos a tocar. Estábamos contentos porque los vecinos se asomaban y nos miraban… nosotros, meta música, nomás, hasta que nos dimos cuenta que no estaban precisamente admirándonos sino embroncados porque era el Día de los Muertos.

La verdad, éramos un poco lieros; en especial, Ricardo Chichi Siri: en un cumple, en rollos fotográficos había llevado hormigas y las puso en algunos sanguchitos.

Una vez, pasamos por Santa Ana, la pizzería de avenida San Martin, entre Urquiza y Valentín Gómez, que estaba atestada de gente y simulamos una pelea donde el Flaco Gatti (siempre buen actor, atleta y algo conventillero) se hizo la víctima y quedó tirado en el suelo mientras todos salimos corriendo.

Apareció la Policía que lo acompañó hasta su casa de la calle Moreno y justo, justo, en ese momento apareció su papá (Mario Gatti, hermano del conocido escribano) que, como nos conocía, no se tragó la película. Al otro día, nos juntó en su casa y nos levantó en peso de lo lindo.

Los sábados íbamos a comer a Ottonelli (¡qué pizza, por Dios y que filosas, las servilletas!) y lo volvíamos loco al mozo, ése que tenía bigotitos y se peinaba con gomina. También íbamos al cine Paramount a ver películas, de terror o de cowboys.

Chichi (¡cuándo no, el Chichi!) llevaba un gorrión escondido en su campera y lo liberaba cuando en la pantalla se proyectaban paisajes. Se armaba un revuelo tremendo; entonces, se paraba la película, se prendía la luz, y como el acomodador nos tenía junados, venía derechito a nosotros y nos rajaba.
También eran parte de la barra Hugo Cieri, Chiquito Quartulli y Carlitos Noya, con quienes también supimos compartir la escuela primaria 83 (hoy N° 45) y el instituto Nuestra Sra. de La Merced, de donde algunos fueron oportuna y justamente (reconozcamos) rajados. Ahora que me doy cuenta… siempre nos rajaban. Pero, también reconozcamos, fue una época entrañable.

 

 

 

Daniel Rey

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