En cierta oportunidad, Angel Cuchetti, vecino de la calle Murias, recordó así a su amigo del alma…

Yo tendría cinco años cuando lo conocí a Antonio. Él despachaba carne en un carro – tirado a caballo – que tenía una especie de mostrador. En un costado, estaba la ganchera donde colgaba los trozos de carne. Estoy hablando de los años 20 y, cuando llovía, Caseros era todo un barrial. Antonio paraba su carro en una esquina, atendía a las clientas que se acercaban y después seguía viaje. Siempre fue un luchador.

Alguna vez me contó que de pibe trabajó en una carnicería de Villa Mathieu, donde se ocupaba de hacer -a caballo- el reparto. En un brazo -que se le ponía morado- llevaba el canasto y con el otro agarraba las riendas.
En invierno se moría de frío. Su primera carnicería la instaló en la casa paterna, en la calle Roverano (actual Fischetti) entre Kelsey (actual Murias) y Lisandro Medina. Allí conoció a su esposa: Consuelo Mallón, una muchacha de Bellavista.

Después se trasladó a Kelsey y De Tata. Ese local – y la casa contigua- se la alquiló a Tito Martínez, un vecino macanudo – también, carnicero- quien se enfermó y se fue a vivir a Córdoba, donde falleció. En esa esquina, Torchia se hizo de una gran clientela. ¡Me parece verlo con el gorrito y el delantal blanco de carnicero! Todas las tardes, se iba hasta el mercado de Abasto – en la Capital – a comprar la carne en los remates porque decía que era mejor y más barata. Iba en el carro. Lo acompañé muchas veces. Salíamos a eso de las dos de la tarde y regresábamos a las doce de la noche. Cuando llegaba, él colocaba las medias reses en la heladera a hielo y se iba a dormir. A las cuatro, ya estaba arriba otra vez, listo para cortar la carne para el reparto. Y en ese tiempo, trabajaba con el serrucho, todavía no se conocía la sierra eléctrica.

Ese recorrido hasta el Abasto lo hizo durante mucho tiempo. Y menos mal que el caballo – se llamaba «Gaucho»– conocía el trayecto, porque, dos por tres, Antonio se quedaba dormido. En cuanto juntó unos pesos se compró un camioncito Ford «a bigote» ¡Qué diferencia! Salíamos para el Abasto a eso de las dos y a las seis estábamos de vuelta ¡Era una gloria! En la carnicería trabajaban dos cortadores; uno de ellos fue Dante Cominaghi , quien después se instaló por su cuenta en la calle 3 de Febrero, entre Moreno y Belgrano.   

Antonio me apreciaba mucho y me tenía mucha confianza: yo le cobraba, le atendía la caja, le hacía los «papeles» porque le gustaba tener todo en regla… cuando había una tarea de ésas siempre decía: «Que se encargue Angelito». Además, le sumaba las cuentas de las libretas del fiado. Había mas de 200 libretas para sumar. Y había que hacerlo rápido porque la gente venía a pagar el primer o segundo día del mes. Aunque también había muchos clavos.

Los Torchia son una institución en Caseros. Es una familia muy unida y numerosa. Recuerdo que una vez, jugando al futbol, le rompieron la pierna a Tito, uno de los hermanos de Antonio. Cuando se corrió la bolilla – «le rompieron la pierna a Tito» – salieron Torchias de todos lados. Ahí me di cuenta de cuántos eran. Antonio era muy querido porque era muy buena persona. Eso sí, era muy charlatán. Yo le decía: «Che, por qué no la parás un poco que me tenés así la cabeza». Charlaba con todo el mundo. A veces, tenía arranques de chinchudo pero, en general, era muy alegre. Era radical acérrimo y fanático del Jota Jota. Con el camioncito seguíamos al equipo a todas partes ¡Cuántas veces fuimos a Dock Sud y tuvimos que salir rajando! Menos mal que teníamos el «fordcito». Eran partidos bravos. Contra «La Paternal» se armaba cada rosca! Y, era lógico, cuando ellos venían acá, cobraban. Se juntaban todos los del «Barrio Chino» y se iban para la cancha… Antonio no era de agarrarse a piñas, pero su hermano Alejandro ha dado cada ‘biaba»… y la ha ligado también.

Con el tiempo, yo entré a trabajar en una empresa e iba a la carnicería, los sábados. Antonio era de estatura mediana, de andar desgarbado, morocho, de cara redonda. Aunque no era muy gordo, era de muy buen comer. Sus placeres eran hacer asados, cazar y pescar. Fuimos a muchos lados: muchas veces no pescábamos ni un bagre pero la pasábamos bien. Tuvo dos hijos: Margarita y Ricardo. Margarita falleció joven y a Antonio le costó sobreponerse. Siguió trabajando junto a su hijo a quien, de a poco, le fue cediendo paso. Hace un par de años debió operarse y cuando se recuperó, le aconsejaron caminar. Él salía a hacer los mandados y después se quedaba conversando en la puerta de su casa con los amigos. Era muy popular A la tardecita, nos reuníamos a charlar de aquellos tiempos y estábamos meta: “Che, te acordás de esto, te acordás de lo otro…”. ¡Ojo, también, él seguía yendo a la carnicería a ayudar a su hijo. Volvió a enfermarse.

El 18 de febrero del ’88 vino Ricardo y me dijo: «Falleció el viejo». Tenía 81 años. Sabía que estaba mal pero no lo esperaba. Me afectó mucho su muerte; encima, yo no estaba pasando por una buena época. Bueno… uno tiene su edad y cuando se va alguien que significó mucho, uno se va achicando.

Ángel Antonio Cuchetti